9 de marzo de 2013

“Malasaña” de Carlos Osorio. La historia de un viejo barrio de Madrid

Portada del libro "Malasaña" de Carlos Osorio. Colección Barrio de Madrid de la Editorial Temporae. La foto está tomada en las fiestas de San Isidro en la calle del Pez. Años 50.




Hoy se ha presentado al público y a los medios de comunicación la nueva publicación de Carlos Osorio dedicada al barrio de Malasaña. Nadie como él para ejercer como cronista del céntrico barrio de Madrid que unos llaman Maravillas, otros Universidad y, los más, con el nombre de la heroína del dos de mayo de 1808.

Un trabajo de muchos años de recopilación de materiales, de procesar pacientemente noticias y recuerdos vecinales, en muchas ocasiones desde el blog del autor Caminando por Madrid y de investigar en hemerotecas y fondos documentales, han venido a propiciar la gestación de “Malasaña”. Editado por Temporae se suma así a las colecciones de libros de temática madrileñista del grupo editorial La Librería y, por supuesto, a la propia nómina de libros del mismo autor, que ya son referencia imprescindible de todos aquellos que pretendemos conocer las entretelas de nuestra ciudad.

Las notas que vienen a continuación tienen como fuente de inspiración el propio libro, que ya está desde esta misma semana en las librerías, y son un pálido reflejo de los textos, fotografías e ilustraciones que se presentan en el mismo. Pretenden ser una invitación para que usted, lector de este blog dedicado al vecino barrio de Chamberí, repare en la rica historia de las calles que forman el recorrido de nuestros pasos cuando nos dirigimos al centro histórico de Madrid y se anime a comprar el libro de nuestro amigo Osorio. Amigo con el que comparto parentescos lejanos, una visión parecida sobre nuestra sociedad e historia y, no menos importante, un paisaje común de descanso estival, en las viejas regiones de la Mariña de Lugo, él con la mirada y los pasos desde el occidente de la comarca y yo desde el oriente.

Quevedo, desde la atalaya de su glorieta, señala con la mano, su mano de espadachín y poeta, el camino que lleva a los vecinos de Chamberí hacia el centro de la ciudad. Hacía las abigarradas calles que desde Sol bajan a palacio o hacia los desfiladeros que caen al rio Manzanares o, inclinándose al levante, te conducen por aquellas callejas, figones y corralas en las que poetas y perdularios combatían por el amor de las damas o por el éxito de sus comedias.

Si sigues la estela marcada por el señor de la Torre de Juan Abad te verás obligado a transitar por lo que en los tiempos del poeta eran fincas de recreo, conventos, iglesias y palacios. Por San Bernardo caminaría Quevedo para negociar discursos, aleccionar novicias o encargar capas de buen paño de Béjar.

Hoy, al igual que en tiempos del gran escritor, los vecinos de Chamberí transitaremos por la Corredera, por Fuencarral o San Bernardo y encontraremos las huellas de cuatro siglos de la historia de Madrid. Historias de conventos y de iglesias. De los arquitectos, artistas y artesanos procedentes de toda Europa que se establecieron en los barrios actuales de Maravillas, Conde Duque, Universidad u Hospicio al servicio de aquella inmensa máquina de gasto suntuario. De aquellos caserones serios, duros y solemnemente sencillos por fuera que albergaban en su interior salones, capillas y claustros de una riqueza oculta. Calles en las que al caer la noche los señores de palacio se acercaban a practicar sus mejores juegos cortesanos detrás de los tornos conventuales. Historias románticas como los amores de Felipe IV y doña Margarita de la Cruz en San Plácido.

El mismo barrio que pasado el siglo de Oro se llena de palacios de la media nobleza y que empieza a dar vida y trabajo a un tropel de gentes de oficios tan variados como para dar lustre a las cocinas y a las caballerizas de los señores o que en las cercanías de los mismos les resuelven sus demandas de ropa, de calzado o de víveres. 

Pasa el tiempo y los caserones nobles envejecen y los conventos sufren las agresiones de nuevas políticas borbónicas menos amigas que los Austrias del gori gori. Más cultos y empelucados, los borbones son independientes del poder de Roma y bien que lo demuestran poniendo en la frontera a ciertas órdenes religiosas o más tarde propiciando la desamortización. Aquellos artesanos de la época borbónica  se vinculan a nuevas formas de entender la vida. Ya no son solo servidores de los señores de iglesia. Se constituyen en casta abierta, en autónomos de los oficios, de las artesanías urbanas. Son los majos de Madrid. El barrio, los barrios de lo que luego llamaríamos Malasaña cambian su paisaje. También llegan al calor de la corte de la flor de lis otro tipo de nuevos servidores. Músicos extranjeros, como Boccherini, que viven a medias de la nobleza, de la realeza y de las capillas eclesiales.

En estas, y por el mismo camino del norte que en su día nos trajo a los Borbones, llegan las tropas de Napoleón y en un mes de Mayo de 1808 los majos y majas de las barriadas más al norte de la ciudad se apalancan en torno al cuartel de artillería de Monteleón y en jornadas memorables ofrecen un tributo de cariño a una dinastía real que no ha hecho otra cosa que traicionarles. El sacrificio de Clara del Rey, de Manolita Malasaña y de tantos otros humildes hijos del pueblo será un gesto lleno de emoción y cargado de significado. Quedará en la historia de nuestro pueblo. Los héroes de Mayo.

Creación de la plaza del Dos de Mayo en 1868.

 Entre solares derruidos, ruinas de conventos y palacios medio abandonados, el siglo XIX llena el barrio de casas de vecinos, de corralas. Allí se establecen, al tiempo que las autoridades de Madrid deciden abrir las murallas de ronda, colegios, hospitales y nuevos equipamientos como la traída de aguas y la Universidad Central. Los viejos artesanos se especializan en oficios con más demanda: carpinteros, ebanistas, plateros, encuadernadores, impresores, etc. Nuevas clases medias galdosianas ocupan los viejos palacios que se han convertido en casas de vecindad o se inventan nuevos edificios de viviendas. Profesores, artistas, siempre los artistas, llenan los días y las noches del barrio. Las calles se iluminan con las farolas de gas. El agua llega a las casas. El nuevo clima civil y religioso cambia y las heridas urbanísticas se van cerrando poco a poco.

Esa mezcla de barrio de artistas y artesanos se completa y enriquece con el paso de miles de estudiantes. Las calles se llenan de pensiones. Doña Emilia Pardo llena sus salones de la Calle de San Bernardo con pensadores, científicos y periodistas. La corredera de San Pablo es como una arteria vital con sus mercados al aire libre. Entramos en la era tan bien retratada por Rosa Chacel y antes por Galdós. El barrio de Maravillas se convierte en un escenario de rica vida urbana. Los años de la construcción de la Gran Vía tienen un efecto revitalizador y al tiempo, paradójicamente, aislante. El barrio se acantona. Compra en los Mostenses. Se vuelca hacia la Glorieta de Bilbao y hacia la Ancha de San Bernardo. Busca su expansión hacia el norte y llega a urbanizar los cementerios del campo de las Calaveras. Parece como si el barrio quisiera romper sus costuras. 

Mercado al aire libre de la Corredera de San Pablo

 La guerra civil trae un enorme sufrimiento. Su cercanía al frente hace posible que el caserío sufra enormes castigos. En el sacrificio y formando parte del paquete, ¿un error?, el viejo palacio de Liria del duquesado de Alba es destruido. La posguerra, los años del estraperlo, le quitan mucho vigor a los barrios. La Universidad se va a Moncloa. El hospital de la Princesa, encerrado en una malla urbana que imposibilita su desarrollo y modernización, se muda. Los vecinos envejecen. Pero llega el último milagro, los jóvenes, los artistas vuelven a llenar las noches. Es la Movida. Son los años de las fiestas populares en los que la estatua de Daoiz y Velarde se convierte en un tendedero de cuerpos desnudos y jóvenes. Y los garitos nocturnos en lugar de peregrinaje de todo Madrid. Con la noche llega la droga, el tráfico. Nuevos oportunistas compran a precio de saldo viejos caserones y expulsan a unos vecinos empobrecidos, ancianos y humillados por esa ola de ruidos nocturnos. En el barrio ya no nacen niños y los pequeños parques urbanos son desiertos cubiertos de jeringuillas. Son años de plomo y coincide con los años en los que se impone Malasaña como nombre identificativo. Tienen que pasar algunas décadas para que la movida se serene. Para que el barrio de alojamiento a nuevas poblaciones de jóvenes profesionales. Para que se instalen empresas de servicios. Agencias de publicidad, escuelas de arte. Se recuperan algunos equipamientos. Las casas se remozan y como una mancha de aceite nuevos negocios de diseño vienen a sustituir a los viejos comercios cansados, aburridos de ver como sus públicos de siempre desaparecen. 

Imagen icónica de la movida madrileña. Fiestas del 2 de Mayo a finales de los 70 o principios de los 80

 Y en esas estamos. Cientos de ciclistas, gimnasios y tiendas de moda. Nuevas ofertas gastronómicas y hosteleras. Diseño de vanguardia. Modistos. Los yonquis y el puterio parecen de retirada. Eso dicen. Pero siempre Malasaña.

Felicidades a Carlos Osorio por ofrecernos tanto de su tiempo y de su talento.

NOTAS SOBRE EL LIBRO FACILITADAS POR EL AUTOR


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