7 de septiembre de 2014

150 ANIVERSARIO DE LA IGLESIA EVANGÉLICA DE CHAMBERÍ

Cartel conmemorativo editado por la Iglesia Evangéica de Chamberí para conmemorar su 150 aniversario




El barrio de Chamberí apenas era hace 150 años mas que una pequeña agrupación de casas de trabajadores, talleres, industrias y poco mas, salvando la existencia de fincas de recreo. Pues hasta aqui se llegaron los primeros predicadores evangélicos. Hoy los Hermanos,así se denominan entre ellos,de la Obra del Señor, pertenecientes a la Iglesia Evangélica de Chamberí pueden sentir con orgullo como sus raices han arraigado en nuestro barrio. No es poca cosa cumplir ciento cincuenta años al servicio de una fe y de unas creencias religiosas así como de la comunidad. No es la primera vez que traigo a estas páginas la historia de los evangélicos de Chamberí así como novedades sobre su quehacer.

Me han hecho llegar el programa de actos conmemorativos del aniversario que gustosamente copio- las conferencias se celebrarán en los locales de Trafalgar 32 y están abiertos al público en general:


  
150 Aniversario Iglesia Evangélica de Chamberí
Las Asambleas de Hermanos en Madrid en su 150 Aniversario. Pasado, presente y futuro.
Conferenciante: Gabino Fernández Campos.
7de Septiembre,18:00 horas: 1863 - 1874, Orígenes.

14 de Septiembre, 18:00 horas: 1875 - 1931, Consolidación. Reinados de Alfonso XII y Alfonso XIII.

21 de Septiembre, 18:00 horas: 1931 - 1939, II República. De nuevo la libertad religiosa.


28 de Septiembre, 18:00 horas: 1939 - 2014, Dictadura y actualidad.

Adicionalmente, habrá una Exposición histórica con libros, revistas, documentos, fotografías y medios audiovisuales a partir del 14 de Septiembre y está previsto realizar una Ruta histórica (con autocar) para visitas a otras Capillas y lugares de interés relacionados en Madrid. La ruta histórica conllevará una inscripción previa, ya que las plazas serán limitadas. Daremos la información al respecto más adelante.

30 de julio de 2014

Madrid se presenta a las Olimpiadas de la suciedad urbana

Foto de Cristina Dávila en Twitter


Con esta foto abría Cristina Dávila un largo recorrido en Twitter hablando sobre el calamitoso estado de suciedad y abandono de las calles de Chamberí. Al debate se sumaron otros vecinos de la ciudad para constatar que las escenas reportadas por Cristina no eran exclusivas del céntrico barrio madrileño.

Sería largo de contar el origen de tanto desastre. No ha sido nunca Madrid una ciudad afortunada de la diosa de la limpieza pero hubo años en los que la ciudad parecía adecentada durante el mandato del anterior alcalde Gallardón. Pero la crisis y la entrada a los mandos gerenciales de Madrid de la señora Botella nos han retrotraido a viejas épocas ya olvidadas.

La privatización del servicio de limpiezas en manos de grandes empresas concesionarias ha traido como consecuencia un deterioro de los estándares de calidad verdaderamente llamativos. Cualquier sociólogo urbano, hasta el mas torpe, podría aportar dos datos básicos sobre la magnitud del problema.

Primero, una ciudad sucia entra en una especie de bucle por el que la suciedad se incrementa de manera geométrica. Los papeles, los restos, la basura acumulada es una invitación a los ciudadanos para que se sumen a la triste aventura de ensuciar mas las calles. Total si ya está guarra, apenas se notará que yo tire mi paquete de tabaco vació o mi botellín de agua.

Segundo, si reduces los servicios de limpieza, salvo que contrates a Supermán como barrendero, reduces la capacidad de hacer frente a los trabajos necesarios para limpiar la ciudad .Es de cajón. Y menos mal que la huelga de limpieza urbana que sufrimos meses atrás, se saldó con un cierto triunfo de los trabajadores que evitaron males mayores. Pero la fórmula de menos trabajadores y peor pagados solo se puede traducir por más mierda, con perdón.

Además y como fruto de un servicio de inspección totalmente deficiente el servicio de limpiezas de Madrid tiene mas trampas que una película de chinos. Vayan ustedes por las calles menos principales y encontrarán mierda bajo los coches aparcados para parar un tren. Y los alcorques convertidos en papeleras y puntos intermedios de recogida de basuras. Unos empleados echan la mierda en los alcorques y se supone que otros llegan y lo recogen. Vamos, un sistema como el de los buzones de correos. Pero no siempre es así y los alcorques se convierten en basurales infectos. A eso se suma una cierta desorganización entre los distintos concesionarios. Por una parte los de la limpieza urbana y por otra los de parques y jardines responsables de los setos y de los alcorques. ¿Sabian ustedes el viejo truco de echar el polvo bajo las alfombras? Pues eso.

Hay luego capítulos muy llamativos. Gracias a las campañas de concienciación se había conseguido que los dueños de mascotas cumpliesen en gran medida con la obligación de recoger la caquita de sus canes. Incluso se llegó a montar un dispositivo llamado motocacas que funcionaba- ¿funciona?- muy bien. Hoy por las razones que sea ese clima civil se ha deteriorado y es común encontrarnos con mierdecillas en cada portal. Otra cosa llamativa es la desaparición del baldeo con agua como forma de limpieza. Como venimos de unas épocas de sequía, parece que ha sido política municipal olvidarse de la vieja manga riega que aquí no llega- juego infantil que a los niños de mi generación nos entusiasmaba sobre todo en épocas estivales. Sumen a todo ello algo menos conocido pero que funciona así: no se recogen las hojas caidas del otoño y del invierno ni las floraciones del verano como por ejemplo la de las acacias, el pan y quesillo. Deben pensar nuestras autoridades que eso es mas respetuoso con los ciclos de la naturaleza. Pero los ciclos de la naturaleza resulta que nos traen un manto grasiento. Una vez que el bonito amarillo del pan y quesillo cae a las aceras se convierte en una masa infecta resbaladiza y asquerosa. La naturaleza es lo que tiene.

Pero el ciudadano de orden dirá a continuación que lo que pasa es que somos muy guarros y tendrá toda la razón del mundo, Lo que pasa es que tambien robamos a hacienda, cruzamos semáforos en rojo y hasta atropellamos a nuestros ancianitos con las bicis sobre las aceras. Y nos resistimos, sin embargo, a que la ciudad sea una ciudad sin ley. Hay multas, existen sanciones, tenemos guardias de la porra y hasta metemos en la cárcel a los infractores. Pues con la suciedad lo mismo. O así debería ser. Otro argumento es que no tenemos recursos. Que el ayuntamiento está empobrecido. Habría que ver eso del empobrecimiento. Cuantos recursos hemos dedicado a la mayor gloria de nuestros queridos dirigentes. Cuanto dinero se nos ha ido para colocarles en primera fila de Cibeles y tantas otras cosas. Pero incluso aceptando ese argumento valdría recordar que todavía tenemos ordenanzas que obligan a los vecinos a mantener limpio el frente de sus casas.

En la espera de no tener que montar grupos de ciudadanos vigilantes de la calle, ni voluntarios para limpiar la mierda en situaciones de crisis, igual que se hace en el curso de los rios o en los montes, me despido de ustedes hasta después del verano.

Un saludo.

28 de junio de 2014

La campaña de la máquina mágica contra la leucemia en la plaza de Olavide

Pacientes de leucemia y voluntarios de la Fundación Josep Carreras reunidos en la plaza de Olavide

Esta mañana la plaza de Olavide se ha llenado de una pequeña marea naranja a favor de la lucha contra la leucemia. Estamos, justo, en la Semana contra la Leucemia que todos los años pone en marcha la Fundación Carreras.

Pacientes de esa enfermedad, unos ya curados, otros pendientes de tratamiento, acompañados de activistas y voluntarios de la Fundación Josep Carreras han venido a nuestra plaza para sensibilizar a los vecinos sobre la enfermedad de la leucemia. Nos han contado su lucha por obtener donantes de médula a escala internacional. Su compromiso por favorecer la investigación y por facilitar a los pacientes el acceso a los mejores avances terapéuticos. Aunque el número de donantes de médula está progresando en nuestro país no deja de resultar difícil hacer llegar a la población la importancia decisiva de encontrar donantes compatibles para cada paciente siempre que ello sea posible. A veces se encuentran entre los familiares mas directos pero hay muchos casos en que esto no es viable. De ahí la necesidad de promover donaciones.


Pero en este caso venían con una campaña muy especial. Están pensando en adquirir para el Instituto de Investigación Josep Carreras un separador celular de última generación. Para ello nos piden que mandemos un sencillo mensaje SMS al teléfono 28027 con la palabra "NOLEUCEMIA". Con cada mensaje aportas 1,2 euros. Colaboran MOVISTAR, VODAFONE Y ORANGE.

Como no puede ser menos, este blog se suma a la idea y ruega a sus lectores que colaboren.

14 de junio de 2014

El surtidor de la fuente de la plaza de Olavide vuelve a funcionar



Desde hace pocos días ha vuelto a funcionar el surtidor de la fuente central de la plaza. Durante meses no hemos podido disfrutar del rumor, de la luz, de la magia del agua emergiendo potente desde el vaso de esa fuente tan simple que da centro a la plaza. Nunca he sabido la razón. Unos dicen que ha sido por avería. Otros que por ahorro de energía. Algunos, amigos de las teorías de la conspiración, cuentan que a un alto cargo del ayuntamiento vecino del barrio le molestaban los ruidos del surtidor.

El caso es que tenemos agua. Ahora sería necesario que el alcorque circular que rodea la fuente se adecente y se cubran los numerosos huecos y calvas que tiene con los rosales amarillos que alberga.

No se si muchos vecinos saben que la plaza de Olavide nace en torno a una fuente, allá por el final del siglo XVIII. La historia de esa fuente se puede seguir en el magnífico blog  de Mercedes Gómez, Arte en Madrid.

Siempre me ha encantado el pequeño poema que Antonio Machado, vecino de nuestro barrio, dedicó a Juan Ramón Jiménez.

Era una noche del mes
de mayo, azul y serena.
Sobre el agudo ciprés
brillaba la luna llena,
iluminando la fuente
en donde el agua surtía
sollozando intermitente.
Sólo la fuente se oía.

Después, se escuchó el acento
de un oculto ruiseñor.
Quebró una racha de viento
la curva del surtidor.
Y una dulce melodía
vagó por todo el jardín:
entre los mirtos tañía
un músico su violín.
Era un acorde lamento
de juventud y de amor
para la luna y el viento,
el agua y el ruiseñor. 

«El jardín tiene una fuente
y la fuente una quimera...»
Cantaba una voz doliente,
alma de la primavera.
Calló la voz y el violín
apagó su melodía.
Quedó la melancolía
vagando por el jardín.
Sólo la fuente se oía.

Solo la fuente se oía....que bonito.

1 de junio de 2014

El Circo llega a la plaza de Olavide sobre la cuerda floja. Víctor Sánchez y su Circovito.





Gracias al programa municipal Madrid Activa esta mañana, soleada y primaveral, hemos disfrutado en la plaza de Olavide de un excelente programa de circo. 

El madrileño Víctor Sánchez nos ha brindado un estupendo espectáculo circense basado en las mejores tradiciones del circo de calle. Equilibrista y payaso, Vito, es un especialista en la disciplina de la cuerda floja. Aprendiz del oficio en las mejores escuelas de circo internacionales, hoy es un consumado maestro equilibrista.

Dejo algunas fotos del espectáculo de hoy y como cierre el video que nuestro artista tiene colgado en su página web.


1 de abril de 2014

Concierto del Coro Evangélico Unido de Madrid el sábado 5 de Abril



 
Participa el Coro Evangélico Unido de Madrid (formado por miembros de las Iglesias Evangélicas de la Comunidad de Madrid). Será a las 19:00 horas, La entrada es libre y gratuita. Si quieren información sobre el Coro, su página web es: www.ceum.org.es.

14 de marzo de 2014

¿Baile de máscaras de carnaval o anuncio publicitario?

video

Esta mañana se está rodando en la plaza de Olavide un anuncio publicitario para una marca de cervezas. La cosa va de disfraces de animales. El despliegue es impresionante. Camiones camerino, bloques eléctricos, catering por un tubo. Coreografía, etc. Como vemos nuestro barrio tiene "ese no se que" que gusta a los cineros. No he logrado saber cual es la marca de cervezas. Si alguno lo sabe que nos lo cuente. Yo que es que casi no veo la tele.

12 de marzo de 2014

Perros en las zonas infantiles de la plaza de Olavide



En la Plaza de Olavide tenemos muchas y viejas historias de perros. Algunas las he contado en los blogs. La historia de aquella pelea a principios del siglo XX entre los laceros que pretendían cazar a un perro y dos albañiles que se les enfrentaron, siendo detenidos por ese gesto. La dinámica que se instaló en la plaza de Olavide en los años 80 y 90 que convirtió a la plaza en una especie de perrera total y que provocó en gran medida las obras de remodelación. La lucha de los vecinos para evitar que en la plaza ya renovada se abriese una zona cerrada para perros.

Posteriormente parece haberse abierto un largo periodo de convivencia entre humanos y caninos. En algunos momentos se deja que en la zona pavimentada de la plaza se dé suelta a los perros. Ocurre eso por las mañanas a primera hora. En horas en los que la plaza está mas concurrida los perros vuelven a ser atados como mandan las ordenanzas y aquí no ha pasado nada. Creo que la mayoría de los vecinos se declaran conformes con la situación aunque existen sectores que siguen reclamando una zona acotada y otros que se cumplan las ordenanzas de llevar a los perros atados sin excepciones horarias.

Habría que decir que en estos años también se ha avanzado mucho en el cumplimiento por parte de los dueños de los perros de la recogida de sus restos fecales. Aunque todavía se ven regalos por las calles nada que ver con lo que pasaba años atrás. El sentido común y el motocaca parecen haber logrado este pequeño milagro que tanto agradecemos los vecinos. Pero donde el motocaca no funciona y algunos dueños de perros creen que la mierda de sus canes es beneficiosa para el medio ambiente como abono de jardinería la cosa cambia. Solo hace falta echar un vistazo a las zonas de parterre acotadas de la plaza para ver ristras de caquitas a esgalla que dicen en Asturias. No pongo foto por delicadeza ante mis lectores. Es muy fácil dejar al perrito saltar la vallita y ponerse a silbar. Total el perro hace deporte y encima contribuye al bienestar de nuestros arbustos y arbolitos. Me permití consultar a jardineros sobre esa leyenda urbana de la caca de perro como abono y todos me dijeron que es una absoluta tontería. Solo contribuye a atraer bichos y olores y perjudicar la debida limpieza de los alcorques. Muchos dueños de perros lo saben pero otros no se han debido enterar y prefieren seguir viviendo en los mundos de yupi de la ecología urbana.

Sin embargo, siempre hay un pero, tengo que decir a petición de vecinos nuestros que ese equilibrio es todavía precario. Existen algunos dueños de mascotas que, ignorantes de las normas u olvidadizos del sentido común, no tienen reparos en dar suelta a sus perros en las zonas arenosas reservadas para juegos infantiles, sobre todo en el lado norte de la plaza. He hablado con alguno de estos "infractores" y he recibido respuestas de todos los colores. Uno me dijo que él dejaba a su perro suelto donde le salía de los cojones y que me preocupase de la basura que dejaban los del botellón, así textual. Otra me dijo que donde estaba escrita la prohibición, con alguna razón por cierto pues las señales de prohibición de acceso a los perros están desaparecidas. Y uno mas me contestó que no lo hacía pues su perro tenía problemas de convivencia con otros animales de la plaza.



Yo solo dejo constancia de esto y que cada cual sepa lo que tiene que hacer. Me han dicho que a la junta de distrito le han hecho llegar denuncias. Lo ignoro. Ellos sabrán. Me imagino que tendrán cosas mejor que hacer. No se cuales pero seguro que es eso. Yo solo digo que los pequeños problemas de convivencia son al final los que mas deterioran la vida ciudadana.

Y hablando de animales en la plaza otro día prometo hablar del conejo que tenemos de vecino desde hace dos años. No es una leyenda urbana. Ya les contaré.

NOTA. Las fotos solo pretenden ilustrar la situación. No tratan de incriminar a nadie.


7 de marzo de 2014

Las ovejas no pierden el tren. Rodando en Olavide


Hoy están rodando por Olavide. Y no precisamente un spor publicitario o una serie de televisión. Nada mas y nada menos que todo un largometraje. De esos que ya no se hacen por falta de recursos económicos. La película se va a llamar "Las ovejas no pierden el tren". El director es Álvaro Fernández Armesto. Y entre los protagonistas he podido observar al actor Alberto San Juan. Suerte.


7 de enero de 2014

Calle de Raimundo Lulio. Recuerdos de mi abuelo José Ortíz de Pinedo


El texto que viene a continuación pertenece a José Julio Perlado y ha sido publicado muy recientemente por la revista digital de temas madrileños LA GATERA DE LA VILLA. Tanto el autor como la revista han autorizado la republicación en estas páginas de La Plaza de Olavide. 

José Ortiz de Pinedo fue un importante testigo y partícipe de la fertil época literaria madrileña del primer tercio del siglo XX. Trató y conoció a innumerableas autores de esa nueva edad de oro de las letras hispanas como Pio Baroja, Galdós, Valle, Sawa y otros muchos y dejó escritas, en periódicos, revistas y libros, muchas páginas sobre aquellos glorioso tiempos. Como autor fue un hombre extremadamente popular pues dedicó su pluma en muchas ocasiones a la creación de obras literarias, novelas cortas, por ejemplo, dirigidas a públicos populares. Era muy conocido por su defensa del papel de la mujer y por sus avanzadas ideas sociales. Vivió largos años en nuestro barrio, precisamente en la calle Raimundo Lulio. Nos ha parecido muy interesante contribuir a su conocimiento por los actuales vecinos. Y mucho mas acompañados de la pluma de su nieto José Julio Perlado, periodista y escritor él mismo. José Julio Perlado, por cierto y pensando en los amigos de los medios digitales y blogs, dirige un excelente medio: MI SIGLO, una caja de sorpresas y delicias literarias que recomiendo vivamente.
 
Calle de Raimundo Lulio. Recuerdos de mi abuelo José Ortíz de Pinedo
Autor del texto:José Julio Perlado

Sentado en este despachito de cortinas azules en el piso de Raimundo Lulio 22, en pleno barrio madrileño de Chamberí, se encuentra este hombre de los lentes alados sobre la nariz, un hombre menudo, de apenas pelo cano, silencioso, hablando con su nieto, que soy yo. El nieto tiene en esta escena de 1956 tan solo 20 años, viene de estudiar esta mañana en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid el Primer Curso de especialidad en Filología Románica – Tercer Curso entonces de Filosofía y Letras y ha escuchado las lecciones de Francisco Ynduráin Hernández – su gran maestro , de Rafael Lapesa y de Alonso Zamora Vicente. José Ortiz de Pinedo tiene en el mediodía de esta conversación familiar 75 años, el despachito de cortinas azules es su refugio, y en el silencio de la letra menuda de sus manuscritos y en el recogimiento de los libros ordenados y alineados, se concentra su vida entera consagrada a la poesía, al teatro y a la novela, pequeñas novelas como ésta que ahora – cuando pasa el tiempo y la fantasía en la distancia se desborda – tengo yo aquí, en la mano, porque acabo de extraerla con la  imaginación de la estantería de su sencilla biblioteca.
El libro lleva por título ¡…Y la vida se va!, lo publica la Editorial Paez, calle Ecija 6, Madrid, (está dedicado a “Joaquín Aznar, espíritu generoso – escribe Ortiz de Pinedo en su dedicatoria , pluma maestra, con el cariño de muchos años”) (Joaquín Aznar había sido Director del periódico La Libertad desde 1925 a 1931, y fue uno de los íntimos amigos de José Ortiz de Pinedo, junto con Eduardo Haro y Emilio Carrere, al que luego me referiré).
Pero lo importante de esta corta novela de Ortiz de Pinedo ¡…Y la vida se va! es quizá el título, es decir, cómo se va la vida por este pasillo del piso de Raimundo Lulio, cómo se va la vida hacia delante y hacia atrás, hacia la vida que vivió antes mi abuelo y hacia la vida que viviré yo más adelante – si Dios me ayuda ,como nieto.
Sí, en verdad se va la vida. Si nos asomamos a este balcón del segundo piso de Raimundo Lulio 22 veremos en el café de la esquina con la calle de Santa Engracia – café hoy desaparecido – cómo mi padre, muy joven, espiaba a mi madre – la hija única que tuvo Ortiz de Pinedo – cuando aún eran novios, allá por los años 30, y la espiaba enamorado para ver en qué momento salía ella a saludarle al balcón.
Porque esta pequeña calle madrileña que baja desde Santa Engracia hasta la plaza de Olavide y donde vive José Ortiz de Pinedo es muy literaria. Galdós en Fortunata y Jacinta hace que doña Lupe se mude a este barrio del mercadillo de Olavide, entonces unos tenderetes al aire libre, como nos lo muestra un dibujo de la “Guía” de Fernández de los Ríos. La Rubín – personaje galdosiano – va a habitar a la calle de Raimundo Lulio y el autor de Fortunata nos hace creer que la casa debió estar muy cerca del Paseo de Santa Engracia. Pedro Ortiz Armengol, sin duda el mejor especialista en la gran novela de Galdós, señala el número 11 de esa calle de Raimundo Lulio como lugar habitado por doña Lupe, y repasando el magnífico Plano del Madrid de 1874, se ve que asomaban en Raimundo Lulio solamente dos casas de una planta ya que el resto eran solares y paseo hasta el mercadillo. Pues bien, Galdós coloca a uno de los personajes de Fortunata quizá en el número 11 de esa calle y apenas un siglo después, casi enfrente, en el número 22, seguimos teniendo a Ortiz de Pinedo, otro personaje – esta vez de la vida , sentado en su despachito de cortinas azules hablando conmigo, que soy su nieto.
¿Y de qué hablábamos? No recuerdo de qué hablábamos. Los nietos de 20 años no recuerdan muchas cosas de las que hablan con sus abuelos de 75, pero sí las esenciales. Hay unas coincidencias de vivencias y de lecturas rodeando a este pequeño despacho. Galdós prosigue. Está en la memoria de Ortiz de Pinedo. Si tomamos de esta estantería del despachito otro libro suyo, Viejos retratos amigos publicado siete años antes, en 1949 (y del que hablaré más adelante), aparece Galdós paseando por la madrileña carrera de San Jerónimo y Ortiz de Pinedo detrás de él. Ortiz de Pinedo tenía entonces – era cuando había llegado desde Jaén a Madrid, pasando (según sus biógrafos) por Guadalajara 21 años, casi los mismos que ahora tengo yo sentado ante él en este despacho. “Don Benito – evoca mi abuelo en ese libro de recuerdos – , que caminaba solo, habíase detenido un instante a curiosear el escaparate de Fernando Fe, que brindaba al apetito intelectual las últimas novedades nacionales y francesas, y paróse luego en un grupo de amigos a la puerta de Lhardy, cuyo escaparate tentaba otra clase de apetitos. Breves momentos nada más conversó Galdós con aquellos señores, continuando su paseo entre la multitud al anochecer.
Mi curiosidad – sigue Ortiz de Pinedo – no se  daba por satisfecha y fuíme detrás del genial creador sin perder un solo movimiento suyo, con la ilusión del enamorado que sigue a una mujer.
Cuando lo dejé, al fin, en la calle de Hortaleza, donde tenía la administración de sus obras, sentí algo así como la satisfacción del deber cumplido mediante aquel acto de humilde y anónimo homenaje”.
Son los seguimientos devotos de lectores y admiradores que han existido siempre en la historia de la Literatura, gentes como José Ortiz de Pinedo que seguían a Galdós por la calle, gentes como el yerno de Ortiz de Pinedo – mi padre, José Perlado – que seguía a Ramón y Cajal en el Café del Prado, en la madrileña calle del Prado, a dos pasos del Ateneo, o a Valle Inclán o a Benavente cruzando la Plaza de Santa Ana o paseando por la calle del Príncipe. Esos seguimientos anónimos detrás de las figuras de las letras han sido a lo largo del tiempo innumerables y de ellos han quedado muchos testimonios. Por citar uno de ellos, Vicente Aleixandre, en su libro Los encuentros, cuenta cómo todos los personajes con los que quiso tropezarse en las calles de Madrid eran conocidos, menos uno: Antonio Machado. “Pero daba la casualidad – comenta Aleixandre – que los dos teníamos el mismo barbero. Y un día me dijo: “Yo también sirvo a un señor que hace versos. Pero apenas conocido. Se llama Machado” ¡Machado” Fíjese usted. Para mí sólo su nombre ya era un fulgor… A Galdós – prosigue Aleixandre – le vi una vez, en el “Teatro Infanta Isabel”, el día que estrenó “Sor Simona”. Yo tenía 17 años. Entré en el camerino – dice Aleixandre .Galdós, ciego, estaba sentado, ausente. Se sacó un gran pañuelo, se secó el sudor. Yo le miraba… Salí sin decir nada”.
Son los 17 años de Vicente Aleixandre, son los veintitantos años de José Ortiz de Pinedo, son los 20 años míos. Sentado en aquel despachito de cortinas azules yo no sabía que a lo largo de la vida iba también a seguir a muchos personajes. Por mi profesión, he tenido la suerte de vivir en Roma y en París varios años, y en la capital italiana, al principio de la década de los sesenta, más que seguir por la calle exactamente, conocí muy de cerca a relevantes personajes del mundo de la cultura. A Stravinsky y a Federico Fellini en Roma; a Ezra Pound, a Pier Paolo Pasolini y a Giancarlo Menotti en Spoleto; más tarde, en mis años de París, al filósofo Gabriel Marcel y al director de cine Robert Bresson. También Madrid fue escenario para mí de conocimientos. Sentado ante Ortiz de Pinedo, que ahora me sigue observando en este pequeño despacho rodeado de libros, no podía imaginar que unos años después yo charlaría ampliamente con Gerardo Diego en su casa de la calle Covarrubias, con Dámaso Alonso en su casa retirada (donde me dedicó su libro Poetas españoles contemporáneos), con el eminente historiador Pedro Sáinz Rodríguez, con el gran cuentista Ignacio Aldecoa, con la poetisa Ernestina de Champourcin, con el pintor Benjamín Palencia en su taller de la calle de Sagasta, con Luis Rosales en su habitación de la calle de Vallehermoso, con Camilo José Cela en su casa de Rios Rosas.
Este nieto de Ortiz de Pinedo que soy yo, no puede imaginar tampoco, aquí sentado en Raimundo Lulio y en 1956 – año en el que estamos , que conocerá y dialogará largamente con dos grandes escritores argentinos, Julio Cortázar y Manuel Mujica Láinez, o con el uruguayo Juan Carlos Onetti. Son charlas que están en el aire del tiempo, que aún no nos llegan desde este pasillo, porque desde este pasillo y en este momento lo que nos llega, mientras abuelo y nieto seguimos hablando, es la voz de Julia Valdés, esposa de Ortiz de Pinedo, es decir, la voz de mi abuela materna que nos llama a comer. Viene a decirnos que ya tenemos preparados los huevos fritos con el pan cortado y tostado en el cuartito que hay al fondo del pasillo, muy cerca de la cocina, donde el sol suele dar sobre el tapete de la mesa camilla. Mi abuelo y yo solemos comer muchos días allí, y también desayunar los domingos un chocolate humeante en el que untamos puntas de pan crujiente. Es Julia Valdés, mi abuela, la que ahora nos llama y nos mira, y cuando la veo en este pasillo me acuerdo de otra Julia a la que conocí, Julia Guinda Urzanqui, la viuda de Azorín, que unos años después, en 1967, exactamente el 2 de marzo de 1967, me abriría la puerta de aquella casa de la calle de Zorrilla 21, segundo izquierda (muy cerca de las Cortes) muy pocas horas después de que muriera el maestro. “Vemos a Azorín en la lejanía, viviendo en un cuartito silencioso, junto a las campanas del Carmen – leemos otra vez que escribe Ortiz de Pinedo en Viejos retratos amigos. Lo vemos asimismo perderse en la arboleda del Retiro o pararse ante un tenderete del Rastro. Un día lo vimos – un día de invierno – sentado tras el cristal de un café-cervecería, desaparecido ya, de la carrera de San Jerónimo. Años después lo hemos visto muchas veces en la trastienda de una librería selecta, hundido en un sillón, con los ojos medio cerrados”.
Eso es lo que evoca mi abuelo Ortiz de Pinedo de Azorín. Pero lo que él no puede imaginar en este despachito de cortinas azules ni yo tampoco, es que ese 2 de marzo de 1967 Julia Guinda Urzanqui, la viuda de Azorín, me abrirá la puerta y me hará pasar al saloncito donde está de cuerpo presente el autor de Castilla y de Los Pueblos.”Allí extendido, Azorín – escribiría yo al día siguiente en El Alcázar, un periódico madrileño- era ya el gran mudo de la pluma, como si tuviera amordazado los dedos. Me acerqué a él, acababa de entrar el Ayuntamiento de Monóvar, seguían acumulándose coronas, y creo que fue entonces cuando lo vi. Vi su ojo azul. El ojo derecho de Azorín quieto entre el párpado, como si nadie lo hubiera querido sellar, como si respetasen ese ojo sin tiempo”. Porque estábamos allí los dos solos, la recentísima viuda de Azorín y yo ( eran las cuatro de la tarde y el maestro había fallecido hacía muy pocas horas), ambos en silencio ante el cadáver de quien había escrito Clásicos redivivos y clásicos futuros o Las confesiones de un pequeño filósofo.
Sin duda nada podía decirle a mi abuelo Ortiz de Pinedo de todo esto porque faltaban once años para que aquello sucediese. Pero de lo que sí hablamos sin duda en aquel despachito es del entierro de Ortega al cual yo había asistido. Un año antes, el 19 de octubre de 1955 – tenía yo entonces 19 años – había querido ir con varios compañeros míos de la Facultad hasta la madrileña calle de Montesquinza – la casa donde había fallecido Ortega – y desde allí quisimos acompañar al cortejo fúnebre hasta la Sacramental de San Isidro. Recuerdo que aquel día, entre las muchas personalidades asistentes al sepelio, estaba cerca de mí Gregorio Marañón y también recuerdo que entre mis compañeros de Facultad de entonces, asistieron conmigo – estudiábamos en el mismo Curso de licenciatura – el gran poeta español Claudio Rodríguez y el que luego sería Director del Museo de Prado y gran especialista en pintura barroca, Alfonso Pérez Sánchez.
José Ortiz de Pinedo trabajaba como Secretario de la Tenencia de Alcaldía del Distrito de Palacio, en el barrio madrileño llamado popularmente de La Latina, en la Carrera de San Francisco, antigua y ancha calle que desciende desde la Plaza de la Cebada hasta la Basílica de San Francisco el Grande. Allí, como todas las mañanas, Ortiz de Pinedo tomaba el metro para volver a comer a su casa del barrio de Chamberí. Como todos los escritores del mundo, me imagino que conforme se iba alejando de su despacho oficial del Ayuntamiento y se iba acercando, entre pasillos, escaleras y transbordos a su pequeño despacho literario de la calle de Raimundo Lulio, las figuras de sus invenciones asaltarían poco a poco su imaginación y los personajes de sus novelas se perfilarían alternándose unos con otros, salpicados también con brotes de poemas. Paul Valèry recuerda al hablar de los mecanismos de la inspiración que “el primer verso se nos ha dado”, es decir, es un don, nos es impuesto, no tenemos más remedio que escribirlo. Luego viene el artista con toda su elaboración costosa, con la habilidad, la experiencia, el esfuerzo creativo, la acabada y a veces muy ardua perfección. Pero ese primer verso de Ortiz de Pinedo – como el que acompaña a tantos poetas del mundo ya viajaba con él en el metro, se iba desprendiendo en el desván de su memoria de los expedientes e informes burocráticos que no había tenido más remedio que resolver el poeta en las oficinas del Ayuntamiento, y conforme iba dejando atrás los andenes y las estaciones sin duda ese primer verso prevalecía sobre todos los demás temas y preocupaciones, se cuajaba en primeras líneas de poemas, como así había sucedido años atrás en libros suyos de poesía, tales como Dolorosas (publicado en 1903) o Huerto humilde (de 1907).
Y fue sin duda otro primer verso – lo recuerdo muy bien el que hizo brotar otro día – un año antes, en 1955 una nueva conversación entre abuelo y nieto en el silencio de aquel despachito. Ortiz de Pinedo se levantó una tarde del sillón, y con el cuidado que él tenía para todas sus cosas, me mostró con afecto un libro. Era un libro de poemas de Pío Baroja, Canciones del suburbio, publicado por Biblioteca Nueva en 1944. En la dedicatoria se destacaba con la letra clara y menuda del autor de La busca: “Al poeta J Ortiz de Pinedo. Cordialmente. Pío Baroja”. Y aquel libro de poesías de Baroja llevaba también un prólogo firmado por Azorín.
No sé exactamente si la idea fue de mi abuelo o fue mía, pero lo cierto es que en aquel mismo año de 1955 visité a Baroja. Vivía Don Pío en la madrileña calle Ruiz de Alarcón, en el número 12, a pocos pasos del Museo del Ejército, no lejos de la Academia Española. Recuerdo que me abrió la puerta el destacado historiador, antropólogo y folklorista Julio Caro Baroja, sobrino de Don Pío, que entonces tenía 41 años, y él me hizo pasar a la amplia sala de la célebre mesa camilla barojiana, allí donde el autor de tantas novelas memorables (a pesar de su mala salud, Don Pío moriría en octubre del año siguiente) recibía. Tenía Baroja entonces 83 años, pero recuerdo perfectamente aquella conversación porque fue muy novelesca. Tras presentarme como nieto de Ortiz de Pinedo le comenté que mi abuelo me había enseñado un libro suyo de poemas. Estábamos los dos solos. Baroja cubierto con su famosa boina, calados los lentes, afable, me miró y me preguntó: ¡ Ah, ¿pero yo he escrito poesía?
Le contesté que sí.
¿Y cómo se llama el libro? – me insistió con curiosidad.
Canciones del suburbio contesté.
Entonces Don Pío tomó una campanilla que estaba sobre la mesa, la agitó, y pronto apareció Julio Caro en la puerta.
Julio – le dijo, este chico me dice que yo he escrito poesía. Busca el libro. Tráemelo.
Efectivamente, pronto aquellas Canciones del suburbio estuvieron sobre la mesa camilla y Baroja las hojeó complacido y asombrado. Yo sabía que me encontraba esa tarde ante una de las grandes figuras de las letras españolas, y cuando años después leí Gente del 98, el delicioso libro de Ricardo Baroja, el excelente pintor y escritor, hermano de Don Pío, al evocar mis vivencias con Azorín y con Baroja, repasé aquella escena que Ricardo Baroja evoca sobre los dos escritores: “Cuando Martínez Ruiz venía a casa – dice Ricardo Baroja- se sentaba siempre en la silla colocada bajo el cuadro de asunto romano. Allí permanecía durante tres cuartos de hora, interviniendo en la conversación con escasos monosílabos. Martínez Ruiz siempre ha sido parco en palabras. Se presentó a mi hermano Pío de la siguiente manera: Martínez Ruiz, que conocía de vista a mi hermano, se le acercó y le dijo:
¿Usted es Pío Baroja?
Sí, señor. Yo soy José Martínez Ruiz. Mi seudónimo es Azorín.
Se estrecharon las manos y desde entonces son amigos”.
Y ahora estaba yo ante ese mismo Baroja como estaría años después ante el cadáver de Azorín. Son coincidencias – o sin duda búsquedas determinadas, meditadas, muchas de ellas provocadas en mi vida, en Madrid, en Roma, en París – que me han hecho seguir los senderos de la literatura y del arte, caminar y entrar en los talleres de poetas y de músicos, de escultores y pintores, también de directores de cine, preguntando, inquiriendo, interesado siempre por los mecanismos de la creación.
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