15 de abril de 2013

Vivir en la cabeza del pulpo






Vivir en la cabeza del pulpo
Un cuento de Antonio Báez Rodríguez

 Me gusta venir a Madrid al menos una vez al año. A veces lo hago en verano (mejor dicho, lo hacemos, viajo con toda mi familia, más adelante te lo explicaré con detalles). A veces a finales del invierno para ver la aguanieve (si tenemos suerte). Vengo a Madrid e invariablemente fantaseo con quedarme aquí de forma definitiva. En ese caso le tendría que explicar la decisión a mi familia. Tengo una frase que con los años he ido afilando hasta este punto:
-Os quiero de todo corazón, pero me quedo a vivir aquí, en cualquier parque, pronto llegará la primavera y ya estoy deseando que vengáis a visitarme el año que viene.
Mi lugar preferido es la plaza de Olavide. Creo que allí sería muy feliz. Siempre veo en ella a un grupo o dos de desocupados que beben cerveza desde bien temprano. Beben y cuentan historietas divertidas. Es una plaza circular de la que salen ocho calles como si fuesen los tentáculos de un pulpo. Así que se puede decir que mi sueño es mudarme de la camioneta en la que vivo en una amable ciudad del sur, donde vivir en una camioneta  ya es una originalidad, a la cabeza del cefalópodo Olavide. Mi mujer es comprensiva y tolerante y creo que entendería bien mi ocurrencia de abandonarlas. De hecho la encontré a ella y a mis hijas mientras daba un paseo. Había salido a fumar y sin saber cómo, abstraído en mis cosas, me subí a la camioneta y me recibieron como al hombre de sus vidas. Yo ya tenía una vida previa que dejé atrás. Entre nosotros se estableció tácitamente un acuerdo. Cuando alguien pregunta cómo nos conocimos recurrimos a una explicación más prosaica: en el instituto. De las tres niñas la más parecida a mí es la pequeña. Por genio y por físico: mis ojos y mi mismo pelo rizado. Mi mujer es artista callejera y las niñas estudian ingeniería: no sé, quieren construir puentes y viaductos. Cuando venimos a Madrid me obligan a salir de la autovía para observar algunos tramos levadizos. Todos suspiramos ante la magnificencia de tales obras. Yo no trabajo mucho, así que apenas consigo ingresos que aportar a la economía doméstica. Por ese motivo no nos podemos permitir otra cosa que una camioneta en un camping. Gracias a las pantomimas de mi mujer comemos, nos vestimos y las niñas estudian (porque también ellas consiguen ingresos).
Una vez al año venimos a Madrid con la sana intención de que sus habitantes nos confundan, quiero decir, que nos tomen por quienes no somos. En cierta ocasión un individuo quiso saber si yo era un conocido paleontólogo de visita en el Museo del Prado, otra vez una chica abordó a mi mujer por la calle y le pidió un autógrafo pensando que se trataba de una famosa actriz televisiva. Nos divierte lo que hacemos. Si yo viviese en la cabeza del pulpo Olavide les contaría a mis compinches de sol y cerveza fría que también, como ellos, he dejado atrás una familia: una mujer preciosa y tres niñas que son la luz que me guía en este mundo. Quizás el año que viene me decida, cuando la frase anunciadora esté tan destilada dentro de mí que resulte irrevocable y esencial. Entretanto seguiremos disfrutando de nuestra compañía, de los momentos de felicidad que nos proporcionan nuestras hijas, de esas dulces mañanas sin obligaciones que nos imponemos cada dos por tres y de los sueños que nos embargan, algunos de ellos tan difíciles de comunicar. Algún día, lo sé, ellas se desvanecerán en mi mente y yo me evaporaré de las suyas. Habrá personas a las que eso les parezca terrible, pero te aseguro que no a nosotros. Es desde ya un consuelo muy dulce, como todo lo que para entonces nos haya sucedido.



Antonio Báez Rodríguez, es autor del cuento Vivir en la cabeza del pulpo. Profesor de Instituto en Málaga su ciudad natal. Es escritor con varios libros publicados y múltiples colaboraciones en prensa y medios de comunicación. Puedes seguir su actividad literaria a través de su blog Cuentosdebarro.

Publicar un comentario
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...