1 de junio de 2013

Un naturalista gallego se pasea por Olavide

Enrique Miranda en la Plaza de Olavide

Desde niño me asombra contemplar la vida de los pájaros, escuchar sus trinos y cantos y observar sus estrategias de supervivencia en la gran ciudad. Ver esa desigual pelea entre gorriones y palomas por levantar del suelo las migajas que les lanzamos desde la mesa de las terrazas. Adivinar por el canto el inmediato amanecer o por la altura del vuelo de los vencejos el calor de la jornada. Siempre he querido aprender sobre la vida animal en las grandes ciudades y recuerdo con gran placer una serie de televisión, creo que de los años 80, de un naturalista con barbas británico que se llamaba algo así como "un naturalista en la ciudad". Yo seguramente no conseguiré convertirme en un ornitólogo ni publicar sobre hallazgos en la especialidad. Pero si que tengo un pequeño atajo que ofrecer a los lectores del blog. Mi amigo Enrique Miranda se ha ofrecido a observar el cielo de la plaza de Olavide para contarnos a los urbanitas de este Madrid aquello que ocurre sobre nuestras coronillas. Es un placer traer el producto de su observación y sus fotos al blog. Les dejo con él.

Hace unos meses conocí a un madrileño muy ligado a mi pueblo, Ribadeo. Curiosamente, me sentí pronto identificado con él, ya que ambos seguimos caminos parecidos en nuestra vida, aunque a la inversa. Mientras él, una persona urbanita y enamorada del ajetreo de la gran ciudad, descubrió Ribadeo y decidió establecer allí su lugar de residencia estival, yo, un ribadense de pura cepa, acostumbrado al sonido de las olas y al graznido de las gaviotas, emprendí mi vida en Madrid, estableciendo aquí mi lugar de “invernada” (utilizando un término muy ornitológico).


Foto 1: Faro de Ribadeo 

Pero esta no es la única coincidencia en nuestros opuestos destinos, sino que, además de haber venido yo a vivir a su urbe, fui a caer justamente en su barrio, y concretamente en las inmediaciones de su querida Plaza de Olavide, en donde residí varios años. Por si alguien aún no se ha dado cuenta, la persona de la que hablo es Ángel Alda, a quienes los lectores de este blog conocen de sobra, por ser su autor.

Foto 2: Plaza de Olavide 

A pesar de las coincidencias que comentaba anteriormente, no nos conocimos ni en la Plaza de Olavide ni en Ribadeo, sino en Facebook a través de un amigo común (Antonio Gregorio). Pero pronto descubrimos que además de nuestro cariño por Ribadeo y Olavide, teníamos también en común otras aficiones e intereses, como ser ambos autores de un blog sobre nuestra patria chica. Tanta coincidencia no pasó inadvertida para Ángel, a quien pronto se le ocurrió una idea. Me planteó escribir un artículo para su blog sobre mi visión de la Plaza de Olavide, mientras él escribiría para mi blog sobre Ribadeo. Aceptado este intercambio de artículos blogueros, sólo faltaba ponerle fecha a nuestro encuentro, y éste llegó el pasado fin de semana. Me presenté en Olavide cargado con mis bártulos de pajarero (prismáticos, guía de aves y cámara de fotos), para sacar algunas fotos de la plaza y sus aves, y preparar así el material para mi artículo. Además, fue la excusa perfecta para conocernos personalmente. Aparte de disfrutar de su agradable compañía y la de su mujer durante un par de horas, tuvimos (y hablo en plural porque a mí también me acompañó mi mujer) el privilegio de asomarnos a la terraza de su casa y contemplar las estupendas vistas sobre la plaza. Muchas veces habíamos estado en anteriores ocasiones disfrutando de la plaza, pero nunca antes desde ese privilegiado mirador.


Foto 3: Balcón 

Hecha esta introducción sobre el porqué de este artículo, vayamos al asunto, que no es otro que ofrecer mi particular visión sobre la Plaza de Olavide y sus aves. En cuanto Ángel me propuso la idea, rápidamente se me vino a la cabeza cuándo iría a la plaza: cuando llegasen los vencenjos. Sus inconfundibles chillidos en las mañanas y tardes de verano me recuerdan enormemente a los años que viví allí, ya que su presencia era una constante. Recuerdo cómo cada año estaba pendiente de cuándo escuchaba a los primeros ejemplares en llegar, señal de que llegaba el verano (y también el horrible calor) a Madrid. Del mismo modo, cuando de pronto una mañana dejaba de oírlos, sabía que la estación estival se acababa, y me los imaginaba en ese tremendo viaje migratorio que realizan cada año.


Foto 4: Vencejos sobre la plaza 

Los vencejos, a pesar de ser muy comunes en nuestros pueblos y ciudades, pasan normalmente desapercibidos para la mayoría de los ciudadanos, que desconocen su interesante vida y la gran aventura que cada año supone su impresionante viaje migratorio. Son aves muy voladoras, hasta tal punto que en ocasiones pueden pasarse prácticamente el día entero volando sin llegar a posarse, durmiendo incluso en el aire. Por este motivo, ya que casi no las usan, la evolución les ha dotado de patas muy poco desarrolladas y cortas, lo que les dificulta mucho emprender el vuelo en caso de posarse directamente en el suelo. Les resulta mucho más fácil hacerlo desde el nido o lugares elevados, por lo que casi nunca se posan. Pero lo que sí tienen muy desarrolladas son sus potentes alas, ya que son unos auténticos acróbatas del aire, realizando rapidísimos planeos, piruetas, fuertes aleteos, etc. Se alimentan fundamentalmente de pequeños insectos, que capturan abriendo su gran boca en vuelo mientras barren todo lo que pasa en su camino, sobre todo hormigas, moscas, mosquitos… Es por ello que son verdaderos controladores naturales de estas poblaciones de insectos, que tienen su eclosión poblacional en verano, y que si no fuera por los vencejos y otras aves insectívoras, a buen seguro nos harían a todos la vida más difícil. Los vencejos se han adaptado perfectamente a las ciudades, y aquí encuentran sus lugares ideales para anidar y criar, que es para lo que cada año vienen a Madrid. Lo hacen en pequeños huecos y recovecos de edificios, tejados, paredes, etc., ocupando generalmente el mismo nido cada pareja año tras año. Del mismo modo, normalmente las parejas suelen unirse de por vida, separándose durante el invierno y volviendo a unirse en verano en el mismo nido del año anterior. Pero como decía anteriormente, una de las cosas que más me impresiona de estas pequeñas aves, es la gran aventura que supone su migración, que realizan dos veces al año, una para venir a sus lugares de cría, y otra para irse a donde pasarán la otra parte del año. Si ponemos como ejemplo a uno de los muchos vencejos que nacerán esta primavera en la Plaza de Olavide, emprenderá el primer viaje migratorio de su cortísima vida a finales de julio o agosto, acompañado de sus congéneres. Juntos realizarán un increíble viaje de miles y miles de kilómetros, atravesando la península, el estrecho de Gibraltar para dar el salto a África, y desde allí seguir rumbo al sur. En este camino, una de las etapas más peligrosas y complicadas les llegará al atravesar el desierto del Sáhara, ya que no bordean por el Atlántico como hacen otras especies de aves, sino que cruzan el desierto en línea recta. Si en esta arriesgada apuesta les surge algún imprevisto, como un repentino cambio del viento que les alargue el esfuerzo y el tiempo de travesía, o una fuerte tormenta, muchos de ellos morirán, quedándose a mitad de camino de su deseado destino. Los supervivientes, o el grueso de los grupos si las condiciones son buenas, superarán este obstáculo y continuarán descendiendo de latitud, enfrentándose a otros innumerables desafíos. Así será su viaje hasta llegar definitivamente a su particular edén, en algún punto del sur de África, tras sobrepasar el ecuador, como Namibia, Tanzania, Zambia, Malawi… Allí pasarán el verano local, alimentándose de la explosión de insectos que les depare el gran continente, para unos meses más tarde, guiados por su instinto, decidir que les ha llegado de nuevo el momento de emprender viaje. Esta vez lo harán en sentido opuesto, volviendo a enfrentarse de nuevo a un sinfín de retos y dificultades, para llegar de nuevo a la península en los meses de abril o mayo. Y así, año tras año, los vencejos atraviesan medio mundo dos veces al año, continuando un ritual que emprendieron sus antepasados hace muchísimas generaciones.


 Foto 5: Vencejos 

Pero no sólo de vencejos vive Olavide. Esta pequeña placita en pleno corazón de Madrid es un buen refugio para muchas otras de nuestras aves urbanas, como palomas, mirlos, gorriones, urracas, estorninos… Aunque esas, son otras historias.

Foto 6: Gorrión 

Foto 7: Palomas 

Foto 8: Estorninos 

Foto 9: Gorrión 

Enrique Sampedro Miranda es el autor del texto y las fotos que preceden. Blog Ría de Ribadeo: http://ria-de-ribadeo.blogspot.com
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