31 de marzo de 2011

De la vida cotidiana en Olavide allá por 1940


Acuarela de Vicente Pastor Calpena. Plaza de Olavide esquina a Murillo. Años 40. 


Doña Luisa tiene un compromiso familiar y tiene que alojar durante unos días en casa a los primos de su marido que vienen del pueblo. No le queda mas remedio que pasar por fuera del mercado y comprar a las estraperlistas. A una el pan blanco, por la esquina de Jordán una botella de aceite. Mas tarde azúcar y algo de fruta. Ha encargado para la mañana un redondo de ternera a uno del mercado. Se lo llevarán a casa. Estos días, el inspector del fielato no deja pasar ni una. Que le vamos a hacer. La cartilla de racionamiento da para lo que da.

En la tienda de Antonio Granda las sardinas tienen un tufo a aceite rancio que marea. Le ha mandado su madre a por unos macarrones y a por una libra de chocolate del duro. Le ha dicho que si no tienen el chocolate que vaya a la Bomba en Cardenal Cisneros o a la Esperanza. Tiene que acordarse de entrar en la tienda de bicis de Trafalgar para comprar unos parches para la suya. Y de paso comprar un trozo de jabón verde en la tienda de los Sánchez.

Pascualín no ha abierto todavía su tienda de lanas. Seguro que está de charla con Satán el de la droguería de enfrente. O se habrá metido a cotillear con las niñas de Cabrejas. Bueno, ya vendré mas tarde se dice Ramón. Va a toda prisa a dejar el cacharro  a que se lo estañen los gitanos. De paso preguntará si les sobra algún paraguas de los que arreglan. Que calor, la lona verde del puesto de melones está todavía echada. Se ve que el de Villaconejos se ha dormido tarde. Este hombre no es tan espabilado ni tan trabajador como el que pone el carrito de fresas de Aranjuez por la primavera en la esquina de Santa Feliciana. Pero los melones y las sandías son agua y azúcar.

¿Y para que querrá el abuelo el betún de Judea? Tanta manía de reparar todo, de dar la vuelta a la ropa de abrigo, de ponerle suelas a los zapatos. A Manolín le encanta el olor de la droguería La Popular, la de la casa de la bomba. Y los cajones del feldespato, de la laca, de la goma. Se tiraría las horas muertas viendo con qué rapidez cambian las pesas en el plato de las balanzas. Pero no tiene tiempo, tiene también que ir a la cacharrería del tío Miserias a por una jarra de barro para el aceite usado. Ese que guardan para hacer jabón en casa con la sosa caústica. Le encanta el espectáculo. Siempre lo hacen para Diciembre. Justo pata cuando la plaza se llena de pavos revoloteando de esquina en esquina.

La Goya tiene ya dos pescaderías. Una en el mercado y otra en la esquina de Trafalgar, justo al lado del Maracaná que acaba de abrir y suceder a la tienda de vinos que está abierta desde hace la tira de años. El Maracaná es el primer bar moderno de la plaza. Por Cardenal Cisneros quedan muchas tabernas de toda la vida. Pero el Maracaná es otra cosa.

La semana que viene es la virgen del Carmen y toda la plaza se llenará de música. La verbena del Carmen. Limonadas en la corrala de Trafalgar. Las calles llenas de farolillos. La música de los organillos dando el ritmo a los bailes. Los niños recién peinados seguirán la procesión por las calles hasta recoger a la virgen en Santa Teresa y Santa Isabel.

Se ha hecho de noche y Sotero saca a las vacas del establo de la calle Sagunto. El ruido de los cencerros se confunde levemente con el piano de Juanita. Parece una pieza de música moderna.

NOTA FINAL

Todos los establecimientos, oficios y situaciones descritas son reales. Solo los personajes son un artificio literario para recontar la historia del comercio y de la vida cotidiana de la Plaza de Olavide allá por 1940 y 1950. Pero seguro que Doña Luisa, Ramón, Manolito y Juanita de haber existido nos contarían esa historia con estas mismas palabras. Gracias a los que nos han favorecido con sus recuerdos.
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