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6 de diciembre de 2016

Diciembre del 76 en la plaza de Olavide.

Foto de Arturo Larena que al igual que las que siguen más abajo fue publicada en el Diario YA de diciembre de 1976. Le damos las gracias por la autorización personal que nos ha dado para reproducirlas en este medio


Para el diciembre del 76 todavía quedaban dos años justos antes de tener la Constitución que hoy celebramos. No era Madrid un espacio amable ni de convivencia ciudadana ejemplar. Se estaba gestando un cambio de régimen y las sectores continuistas del franquismo no  daban tregua en la calle aquellos que se manifestaban a favor de las libertades y de la democracia. 

El movimiento ciudadano, muy fuerte desde los últimos años en las barriadas de trabajadores, también iniciaba su desarrollo en los distritos centrales y burgueses de Madrid. Hacia dos años que se había demolido el mercado de Olavide y la huella terrible de ese atentado urbano todavía estaba en carne viva. Apenas avanzaba la obra que permitiría recuperar la plaza para la normalidad urbana y Olavide parecía una zona de guerra en la que los peatones se trasladaban de un lugar o otro por pasarelas y zanjas.Un horror cotidiano.

En estas que un grupo de vecinos decide movilizarse y convoca una manifestación para el sábado 18 de Diciembre. Un periodista gráfico Arturo Larena está presente en la manifestación. Veterano fotoperiodista retirado hoy, Arturo Larena Gómez vivió en primera persona el final de la dictadura y la transición a la democracia, hechos que retrató con su Nikon y una mirada siempre curiosa para el desaparecido diario Ya, en el que desarrolló la mayor parte de su actividad profesional de toda una vida dedicada al periodismo en medios como la agencia Logos o Pyresa, entre otros. Hoy ha recuperado aquellos originales y nos ha dado permiso para reproducirlos en este blog.








No fueron los únicos testimonios escritos que nos quedan de aquella manifestación. Diario 16, un periódico de reciente aparición, también estuvo presente en la mani y nos dejó una crónica que me permito reproducir a continuación. En este caso con peor técnica al tratarse de copias captadas en la web. El reportaje fotográfico lo firma Tiedra, veterano fotoperiodista que ha trabajado en infinidad de redacciones y la crónica escrita va sin firma.





Vistas las cosas desde nuestra época parecería como si aquellas manifestaciones formasen parte de la cotidianeidad. Ni mucho menos. Ir a una manifestación seguía significando posibilidades de detención policial o de represalias de la extrema derecha muy activa en esa época. Hubo en Madrid en aquellos meses de la transición más de diez muertos por acción policial o de bandas fascistas en las calles. Solo recordar que poco más de  un mes después de esta manifestación se produciría el criminal atentado contra los abogados de Atocha. Pero esa es otra historia

Hoy celebramos la constitución pero muchos de nuestros conciudadanos ignoran el precio que tuvo. 

POSDATA

Con posterioridad a la edición de esta nota Arturo Larena ha publicado dos nuevas fotos que paso a reproducir:

Fotos de Arturo Larena. Posiblemente de 1975. Todavía no se ha iniciado la obra de construcción del aparcamient subterraneo. La plaza se está utilizando como un solar en el que aparcan los coches.

 Por último nos piden desde la Asociación de Vecinos de Chamberí, El Organillo, que si alguna persona de las que aparecen en las fotos de este reportaje se quiere poner en contacto con ellos lo agradecerían. Están preparando su cuarenta aniversario. La convocatoria de esta manifestacion debió de ser su tarjeta de presentación en sociedad.  Pueden mandarme a mi la información para ponerles en contacto.

7 de septiembre de 2014

150 ANIVERSARIO DE LA IGLESIA EVANGÉLICA DE CHAMBERÍ

Cartel conmemorativo editado por la Iglesia Evangéica de Chamberí para conmemorar su 150 aniversario




El barrio de Chamberí apenas era hace 150 años mas que una pequeña agrupación de casas de trabajadores, talleres, industrias y poco mas, salvando la existencia de fincas de recreo. Pues hasta aqui se llegaron los primeros predicadores evangélicos. Hoy los Hermanos,así se denominan entre ellos,de la Obra del Señor, pertenecientes a la Iglesia Evangélica de Chamberí pueden sentir con orgullo como sus raices han arraigado en nuestro barrio. No es poca cosa cumplir ciento cincuenta años al servicio de una fe y de unas creencias religiosas así como de la comunidad. No es la primera vez que traigo a estas páginas la historia de los evangélicos de Chamberí así como novedades sobre su quehacer.

Me han hecho llegar el programa de actos conmemorativos del aniversario que gustosamente copio- las conferencias se celebrarán en los locales de Trafalgar 32 y están abiertos al público en general:


  
150 Aniversario Iglesia Evangélica de Chamberí
Las Asambleas de Hermanos en Madrid en su 150 Aniversario. Pasado, presente y futuro.
Conferenciante: Gabino Fernández Campos.
7de Septiembre,18:00 horas: 1863 - 1874, Orígenes.

14 de Septiembre, 18:00 horas: 1875 - 1931, Consolidación. Reinados de Alfonso XII y Alfonso XIII.

21 de Septiembre, 18:00 horas: 1931 - 1939, II República. De nuevo la libertad religiosa.


28 de Septiembre, 18:00 horas: 1939 - 2014, Dictadura y actualidad.

Adicionalmente, habrá una Exposición histórica con libros, revistas, documentos, fotografías y medios audiovisuales a partir del 14 de Septiembre y está previsto realizar una Ruta histórica (con autocar) para visitas a otras Capillas y lugares de interés relacionados en Madrid. La ruta histórica conllevará una inscripción previa, ya que las plazas serán limitadas. Daremos la información al respecto más adelante.

7 de enero de 2014

Calle de Raimundo Lulio. Recuerdos de mi abuelo José Ortíz de Pinedo


El texto que viene a continuación pertenece a José Julio Perlado y ha sido publicado muy recientemente por la revista digital de temas madrileños LA GATERA DE LA VILLA. Tanto el autor como la revista han autorizado la republicación en estas páginas de La Plaza de Olavide. 

José Ortiz de Pinedo fue un importante testigo y partícipe de la fertil época literaria madrileña del primer tercio del siglo XX. Trató y conoció a innumerableas autores de esa nueva edad de oro de las letras hispanas como Pio Baroja, Galdós, Valle, Sawa y otros muchos y dejó escritas, en periódicos, revistas y libros, muchas páginas sobre aquellos glorioso tiempos. Como autor fue un hombre extremadamente popular pues dedicó su pluma en muchas ocasiones a la creación de obras literarias, novelas cortas, por ejemplo, dirigidas a públicos populares. Era muy conocido por su defensa del papel de la mujer y por sus avanzadas ideas sociales. Vivió largos años en nuestro barrio, precisamente en la calle Raimundo Lulio. Nos ha parecido muy interesante contribuir a su conocimiento por los actuales vecinos. Y mucho mas acompañados de la pluma de su nieto José Julio Perlado, periodista y escritor él mismo. José Julio Perlado, por cierto y pensando en los amigos de los medios digitales y blogs, dirige un excelente medio: MI SIGLO, una caja de sorpresas y delicias literarias que recomiendo vivamente.
 
Calle de Raimundo Lulio. Recuerdos de mi abuelo José Ortíz de Pinedo
Autor del texto:José Julio Perlado

Sentado en este despachito de cortinas azules en el piso de Raimundo Lulio 22, en pleno barrio madrileño de Chamberí, se encuentra este hombre de los lentes alados sobre la nariz, un hombre menudo, de apenas pelo cano, silencioso, hablando con su nieto, que soy yo. El nieto tiene en esta escena de 1956 tan solo 20 años, viene de estudiar esta mañana en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid el Primer Curso de especialidad en Filología Románica – Tercer Curso entonces de Filosofía y Letras y ha escuchado las lecciones de Francisco Ynduráin Hernández – su gran maestro , de Rafael Lapesa y de Alonso Zamora Vicente. José Ortiz de Pinedo tiene en el mediodía de esta conversación familiar 75 años, el despachito de cortinas azules es su refugio, y en el silencio de la letra menuda de sus manuscritos y en el recogimiento de los libros ordenados y alineados, se concentra su vida entera consagrada a la poesía, al teatro y a la novela, pequeñas novelas como ésta que ahora – cuando pasa el tiempo y la fantasía en la distancia se desborda – tengo yo aquí, en la mano, porque acabo de extraerla con la  imaginación de la estantería de su sencilla biblioteca.
El libro lleva por título ¡…Y la vida se va!, lo publica la Editorial Paez, calle Ecija 6, Madrid, (está dedicado a “Joaquín Aznar, espíritu generoso – escribe Ortiz de Pinedo en su dedicatoria , pluma maestra, con el cariño de muchos años”) (Joaquín Aznar había sido Director del periódico La Libertad desde 1925 a 1931, y fue uno de los íntimos amigos de José Ortiz de Pinedo, junto con Eduardo Haro y Emilio Carrere, al que luego me referiré).
Pero lo importante de esta corta novela de Ortiz de Pinedo ¡…Y la vida se va! es quizá el título, es decir, cómo se va la vida por este pasillo del piso de Raimundo Lulio, cómo se va la vida hacia delante y hacia atrás, hacia la vida que vivió antes mi abuelo y hacia la vida que viviré yo más adelante – si Dios me ayuda ,como nieto.
Sí, en verdad se va la vida. Si nos asomamos a este balcón del segundo piso de Raimundo Lulio 22 veremos en el café de la esquina con la calle de Santa Engracia – café hoy desaparecido – cómo mi padre, muy joven, espiaba a mi madre – la hija única que tuvo Ortiz de Pinedo – cuando aún eran novios, allá por los años 30, y la espiaba enamorado para ver en qué momento salía ella a saludarle al balcón.
Porque esta pequeña calle madrileña que baja desde Santa Engracia hasta la plaza de Olavide y donde vive José Ortiz de Pinedo es muy literaria. Galdós en Fortunata y Jacinta hace que doña Lupe se mude a este barrio del mercadillo de Olavide, entonces unos tenderetes al aire libre, como nos lo muestra un dibujo de la “Guía” de Fernández de los Ríos. La Rubín – personaje galdosiano – va a habitar a la calle de Raimundo Lulio y el autor de Fortunata nos hace creer que la casa debió estar muy cerca del Paseo de Santa Engracia. Pedro Ortiz Armengol, sin duda el mejor especialista en la gran novela de Galdós, señala el número 11 de esa calle de Raimundo Lulio como lugar habitado por doña Lupe, y repasando el magnífico Plano del Madrid de 1874, se ve que asomaban en Raimundo Lulio solamente dos casas de una planta ya que el resto eran solares y paseo hasta el mercadillo. Pues bien, Galdós coloca a uno de los personajes de Fortunata quizá en el número 11 de esa calle y apenas un siglo después, casi enfrente, en el número 22, seguimos teniendo a Ortiz de Pinedo, otro personaje – esta vez de la vida , sentado en su despachito de cortinas azules hablando conmigo, que soy su nieto.
¿Y de qué hablábamos? No recuerdo de qué hablábamos. Los nietos de 20 años no recuerdan muchas cosas de las que hablan con sus abuelos de 75, pero sí las esenciales. Hay unas coincidencias de vivencias y de lecturas rodeando a este pequeño despacho. Galdós prosigue. Está en la memoria de Ortiz de Pinedo. Si tomamos de esta estantería del despachito otro libro suyo, Viejos retratos amigos publicado siete años antes, en 1949 (y del que hablaré más adelante), aparece Galdós paseando por la madrileña carrera de San Jerónimo y Ortiz de Pinedo detrás de él. Ortiz de Pinedo tenía entonces – era cuando había llegado desde Jaén a Madrid, pasando (según sus biógrafos) por Guadalajara 21 años, casi los mismos que ahora tengo yo sentado ante él en este despacho. “Don Benito – evoca mi abuelo en ese libro de recuerdos – , que caminaba solo, habíase detenido un instante a curiosear el escaparate de Fernando Fe, que brindaba al apetito intelectual las últimas novedades nacionales y francesas, y paróse luego en un grupo de amigos a la puerta de Lhardy, cuyo escaparate tentaba otra clase de apetitos. Breves momentos nada más conversó Galdós con aquellos señores, continuando su paseo entre la multitud al anochecer.
Mi curiosidad – sigue Ortiz de Pinedo – no se  daba por satisfecha y fuíme detrás del genial creador sin perder un solo movimiento suyo, con la ilusión del enamorado que sigue a una mujer.
Cuando lo dejé, al fin, en la calle de Hortaleza, donde tenía la administración de sus obras, sentí algo así como la satisfacción del deber cumplido mediante aquel acto de humilde y anónimo homenaje”.
Son los seguimientos devotos de lectores y admiradores que han existido siempre en la historia de la Literatura, gentes como José Ortiz de Pinedo que seguían a Galdós por la calle, gentes como el yerno de Ortiz de Pinedo – mi padre, José Perlado – que seguía a Ramón y Cajal en el Café del Prado, en la madrileña calle del Prado, a dos pasos del Ateneo, o a Valle Inclán o a Benavente cruzando la Plaza de Santa Ana o paseando por la calle del Príncipe. Esos seguimientos anónimos detrás de las figuras de las letras han sido a lo largo del tiempo innumerables y de ellos han quedado muchos testimonios. Por citar uno de ellos, Vicente Aleixandre, en su libro Los encuentros, cuenta cómo todos los personajes con los que quiso tropezarse en las calles de Madrid eran conocidos, menos uno: Antonio Machado. “Pero daba la casualidad – comenta Aleixandre – que los dos teníamos el mismo barbero. Y un día me dijo: “Yo también sirvo a un señor que hace versos. Pero apenas conocido. Se llama Machado” ¡Machado” Fíjese usted. Para mí sólo su nombre ya era un fulgor… A Galdós – prosigue Aleixandre – le vi una vez, en el “Teatro Infanta Isabel”, el día que estrenó “Sor Simona”. Yo tenía 17 años. Entré en el camerino – dice Aleixandre .Galdós, ciego, estaba sentado, ausente. Se sacó un gran pañuelo, se secó el sudor. Yo le miraba… Salí sin decir nada”.
Son los 17 años de Vicente Aleixandre, son los veintitantos años de José Ortiz de Pinedo, son los 20 años míos. Sentado en aquel despachito de cortinas azules yo no sabía que a lo largo de la vida iba también a seguir a muchos personajes. Por mi profesión, he tenido la suerte de vivir en Roma y en París varios años, y en la capital italiana, al principio de la década de los sesenta, más que seguir por la calle exactamente, conocí muy de cerca a relevantes personajes del mundo de la cultura. A Stravinsky y a Federico Fellini en Roma; a Ezra Pound, a Pier Paolo Pasolini y a Giancarlo Menotti en Spoleto; más tarde, en mis años de París, al filósofo Gabriel Marcel y al director de cine Robert Bresson. También Madrid fue escenario para mí de conocimientos. Sentado ante Ortiz de Pinedo, que ahora me sigue observando en este pequeño despacho rodeado de libros, no podía imaginar que unos años después yo charlaría ampliamente con Gerardo Diego en su casa de la calle Covarrubias, con Dámaso Alonso en su casa retirada (donde me dedicó su libro Poetas españoles contemporáneos), con el eminente historiador Pedro Sáinz Rodríguez, con el gran cuentista Ignacio Aldecoa, con la poetisa Ernestina de Champourcin, con el pintor Benjamín Palencia en su taller de la calle de Sagasta, con Luis Rosales en su habitación de la calle de Vallehermoso, con Camilo José Cela en su casa de Rios Rosas.
Este nieto de Ortiz de Pinedo que soy yo, no puede imaginar tampoco, aquí sentado en Raimundo Lulio y en 1956 – año en el que estamos , que conocerá y dialogará largamente con dos grandes escritores argentinos, Julio Cortázar y Manuel Mujica Láinez, o con el uruguayo Juan Carlos Onetti. Son charlas que están en el aire del tiempo, que aún no nos llegan desde este pasillo, porque desde este pasillo y en este momento lo que nos llega, mientras abuelo y nieto seguimos hablando, es la voz de Julia Valdés, esposa de Ortiz de Pinedo, es decir, la voz de mi abuela materna que nos llama a comer. Viene a decirnos que ya tenemos preparados los huevos fritos con el pan cortado y tostado en el cuartito que hay al fondo del pasillo, muy cerca de la cocina, donde el sol suele dar sobre el tapete de la mesa camilla. Mi abuelo y yo solemos comer muchos días allí, y también desayunar los domingos un chocolate humeante en el que untamos puntas de pan crujiente. Es Julia Valdés, mi abuela, la que ahora nos llama y nos mira, y cuando la veo en este pasillo me acuerdo de otra Julia a la que conocí, Julia Guinda Urzanqui, la viuda de Azorín, que unos años después, en 1967, exactamente el 2 de marzo de 1967, me abriría la puerta de aquella casa de la calle de Zorrilla 21, segundo izquierda (muy cerca de las Cortes) muy pocas horas después de que muriera el maestro. “Vemos a Azorín en la lejanía, viviendo en un cuartito silencioso, junto a las campanas del Carmen – leemos otra vez que escribe Ortiz de Pinedo en Viejos retratos amigos. Lo vemos asimismo perderse en la arboleda del Retiro o pararse ante un tenderete del Rastro. Un día lo vimos – un día de invierno – sentado tras el cristal de un café-cervecería, desaparecido ya, de la carrera de San Jerónimo. Años después lo hemos visto muchas veces en la trastienda de una librería selecta, hundido en un sillón, con los ojos medio cerrados”.
Eso es lo que evoca mi abuelo Ortiz de Pinedo de Azorín. Pero lo que él no puede imaginar en este despachito de cortinas azules ni yo tampoco, es que ese 2 de marzo de 1967 Julia Guinda Urzanqui, la viuda de Azorín, me abrirá la puerta y me hará pasar al saloncito donde está de cuerpo presente el autor de Castilla y de Los Pueblos.”Allí extendido, Azorín – escribiría yo al día siguiente en El Alcázar, un periódico madrileño- era ya el gran mudo de la pluma, como si tuviera amordazado los dedos. Me acerqué a él, acababa de entrar el Ayuntamiento de Monóvar, seguían acumulándose coronas, y creo que fue entonces cuando lo vi. Vi su ojo azul. El ojo derecho de Azorín quieto entre el párpado, como si nadie lo hubiera querido sellar, como si respetasen ese ojo sin tiempo”. Porque estábamos allí los dos solos, la recentísima viuda de Azorín y yo ( eran las cuatro de la tarde y el maestro había fallecido hacía muy pocas horas), ambos en silencio ante el cadáver de quien había escrito Clásicos redivivos y clásicos futuros o Las confesiones de un pequeño filósofo.
Sin duda nada podía decirle a mi abuelo Ortiz de Pinedo de todo esto porque faltaban once años para que aquello sucediese. Pero de lo que sí hablamos sin duda en aquel despachito es del entierro de Ortega al cual yo había asistido. Un año antes, el 19 de octubre de 1955 – tenía yo entonces 19 años – había querido ir con varios compañeros míos de la Facultad hasta la madrileña calle de Montesquinza – la casa donde había fallecido Ortega – y desde allí quisimos acompañar al cortejo fúnebre hasta la Sacramental de San Isidro. Recuerdo que aquel día, entre las muchas personalidades asistentes al sepelio, estaba cerca de mí Gregorio Marañón y también recuerdo que entre mis compañeros de Facultad de entonces, asistieron conmigo – estudiábamos en el mismo Curso de licenciatura – el gran poeta español Claudio Rodríguez y el que luego sería Director del Museo de Prado y gran especialista en pintura barroca, Alfonso Pérez Sánchez.
José Ortiz de Pinedo trabajaba como Secretario de la Tenencia de Alcaldía del Distrito de Palacio, en el barrio madrileño llamado popularmente de La Latina, en la Carrera de San Francisco, antigua y ancha calle que desciende desde la Plaza de la Cebada hasta la Basílica de San Francisco el Grande. Allí, como todas las mañanas, Ortiz de Pinedo tomaba el metro para volver a comer a su casa del barrio de Chamberí. Como todos los escritores del mundo, me imagino que conforme se iba alejando de su despacho oficial del Ayuntamiento y se iba acercando, entre pasillos, escaleras y transbordos a su pequeño despacho literario de la calle de Raimundo Lulio, las figuras de sus invenciones asaltarían poco a poco su imaginación y los personajes de sus novelas se perfilarían alternándose unos con otros, salpicados también con brotes de poemas. Paul Valèry recuerda al hablar de los mecanismos de la inspiración que “el primer verso se nos ha dado”, es decir, es un don, nos es impuesto, no tenemos más remedio que escribirlo. Luego viene el artista con toda su elaboración costosa, con la habilidad, la experiencia, el esfuerzo creativo, la acabada y a veces muy ardua perfección. Pero ese primer verso de Ortiz de Pinedo – como el que acompaña a tantos poetas del mundo ya viajaba con él en el metro, se iba desprendiendo en el desván de su memoria de los expedientes e informes burocráticos que no había tenido más remedio que resolver el poeta en las oficinas del Ayuntamiento, y conforme iba dejando atrás los andenes y las estaciones sin duda ese primer verso prevalecía sobre todos los demás temas y preocupaciones, se cuajaba en primeras líneas de poemas, como así había sucedido años atrás en libros suyos de poesía, tales como Dolorosas (publicado en 1903) o Huerto humilde (de 1907).
Y fue sin duda otro primer verso – lo recuerdo muy bien el que hizo brotar otro día – un año antes, en 1955 una nueva conversación entre abuelo y nieto en el silencio de aquel despachito. Ortiz de Pinedo se levantó una tarde del sillón, y con el cuidado que él tenía para todas sus cosas, me mostró con afecto un libro. Era un libro de poemas de Pío Baroja, Canciones del suburbio, publicado por Biblioteca Nueva en 1944. En la dedicatoria se destacaba con la letra clara y menuda del autor de La busca: “Al poeta J Ortiz de Pinedo. Cordialmente. Pío Baroja”. Y aquel libro de poesías de Baroja llevaba también un prólogo firmado por Azorín.
No sé exactamente si la idea fue de mi abuelo o fue mía, pero lo cierto es que en aquel mismo año de 1955 visité a Baroja. Vivía Don Pío en la madrileña calle Ruiz de Alarcón, en el número 12, a pocos pasos del Museo del Ejército, no lejos de la Academia Española. Recuerdo que me abrió la puerta el destacado historiador, antropólogo y folklorista Julio Caro Baroja, sobrino de Don Pío, que entonces tenía 41 años, y él me hizo pasar a la amplia sala de la célebre mesa camilla barojiana, allí donde el autor de tantas novelas memorables (a pesar de su mala salud, Don Pío moriría en octubre del año siguiente) recibía. Tenía Baroja entonces 83 años, pero recuerdo perfectamente aquella conversación porque fue muy novelesca. Tras presentarme como nieto de Ortiz de Pinedo le comenté que mi abuelo me había enseñado un libro suyo de poemas. Estábamos los dos solos. Baroja cubierto con su famosa boina, calados los lentes, afable, me miró y me preguntó: ¡ Ah, ¿pero yo he escrito poesía?
Le contesté que sí.
¿Y cómo se llama el libro? – me insistió con curiosidad.
Canciones del suburbio contesté.
Entonces Don Pío tomó una campanilla que estaba sobre la mesa, la agitó, y pronto apareció Julio Caro en la puerta.
Julio – le dijo, este chico me dice que yo he escrito poesía. Busca el libro. Tráemelo.
Efectivamente, pronto aquellas Canciones del suburbio estuvieron sobre la mesa camilla y Baroja las hojeó complacido y asombrado. Yo sabía que me encontraba esa tarde ante una de las grandes figuras de las letras españolas, y cuando años después leí Gente del 98, el delicioso libro de Ricardo Baroja, el excelente pintor y escritor, hermano de Don Pío, al evocar mis vivencias con Azorín y con Baroja, repasé aquella escena que Ricardo Baroja evoca sobre los dos escritores: “Cuando Martínez Ruiz venía a casa – dice Ricardo Baroja- se sentaba siempre en la silla colocada bajo el cuadro de asunto romano. Allí permanecía durante tres cuartos de hora, interviniendo en la conversación con escasos monosílabos. Martínez Ruiz siempre ha sido parco en palabras. Se presentó a mi hermano Pío de la siguiente manera: Martínez Ruiz, que conocía de vista a mi hermano, se le acercó y le dijo:
¿Usted es Pío Baroja?
Sí, señor. Yo soy José Martínez Ruiz. Mi seudónimo es Azorín.
Se estrecharon las manos y desde entonces son amigos”.
Y ahora estaba yo ante ese mismo Baroja como estaría años después ante el cadáver de Azorín. Son coincidencias – o sin duda búsquedas determinadas, meditadas, muchas de ellas provocadas en mi vida, en Madrid, en Roma, en París – que me han hecho seguir los senderos de la literatura y del arte, caminar y entrar en los talleres de poetas y de músicos, de escultores y pintores, también de directores de cine, preguntando, inquiriendo, interesado siempre por los mecanismos de la creación.

6 de diciembre de 2013

Un olvidado vecino de la glorieta de Quevedo. Don Julio Cejador


Tiene que tener uno muy buena vista para alcanzar a ver- misteriosamente la placa está a la altura de la 3ª planta, y a leer, una pequeña placa de marmol colocada, posiblemente en los años 30, en la Glorieta de Quevedo número 8. En la esquina con la acera de los impares de Bravo Murillo. En una preciosa casa de estilo modernista que ya tiene sus años y que se conserva airosa y elegante en un espacio como el de Quevedo muy dañado por el paso del tiempo.

Era este Julio Cejador un erudito aragonés que levantaba pasiones en los primeros compases del siglo XX. Jesuita durante su juventud, estudió lenguas antiguas en Oriente y como filólogo mantenía tesis revolucionarias en la época tales como que el idioma vasco era la continuación de la vieja lengua ibérica. Odiado por otros filólogos conteporáneos como Astrana Marín el caso es que su teoría apenas tuvo seguidores en su momento y menos ahora por lo que parece.

Nuestro vecino, fallecido en 1927, también mantuvo actividad como creador literario pero con escaso éxito. Parece que escribió un libro de memorias pero no logro encontrar referencias al mismo.


11 de noviembre de 2013

MADRID. PATRIMONIO EN ALERTA ROJA

Cartel anunciador de la Jornadas PATRIMONIO EN ALERTA ROJA




Me contaba un viejo maestro de obras de La Granja que la herramienta mas útil para un albañil era la escoba y la mas odiada la piqueta. Con la escoba se entregan limpias las obras a sus futuros ocupantes y con la piqueta terminaba la vida útil de un edificio.

En Madrid faltan escobas, en días como hoy parece hasta un chiste decir esto, y sobran piquetas. Es por eso que unos esforzados amantes de nuestra ciudad se conjuraron en 2009 para traer a nuestra ciudad el espíritu crítico necesario para aportar luz y sentido común a la locura especulativa que por aquellos tiempos se asentaba en nuestra ciudad. 

Una serie de colectivos culturales, cívicos y sociales formaron una asociación con el nombre de MADRID, CIUDADANÍA Y PATRIMONIO que nacía “con la intención de defender y promover el Patrimonio Histórico, Artístico, Cultural y Natural de Madrid, en un sentido temporalmente amplio que abarque desde el legado del pasado lejano al de la modernidad.” A trancas y barrancas MCYP ha desarrollado una brillante labor de denuncia de las barbaridades arquitectónicas que se producen en la ciudad y lo ha hecho muchas veces de la mano del movimiento ciudadano y enfrentados a todo tipo de poderes económicos y políticos que vienen declarando a Madrid como ciudad abierta…para el pillaje, la demolición y los negocios como principal motor de desarrollo. 

Alberto Tellería y Vicente Patón, promotores de las Jornadas Patrimonio en Alerta Roja.

Su labor, muchas veces silenciada por una prensa dócil al poder, merece el agradecimiento de los madrileños por encima de clases o de ideología pues al servicio de todos trabajan los arquitectos, arqueólogos, abogados y otros profesionales que forman la estructura cotidiana de la asociación.
Hoy como preámbulo a la celebración de las Jornadas conmemorativas en nuestra ciudad del Día Internacional del Patrimonio Mundial y cuyo programa mas detallado lo tienen ustedes en su página web han organizado una pequeña excursión en autobús para los medios informativos, especialmente para los blogs de temática madrileña, en la que han dado a conocer- de manera brillante y apasionada- aquellos casos de abandono y desidia mas ostentosos y estentóreos- u ostentóreos como en feliz hallazgo diría Jesús Gil- de edificios históricos en los que las administraciones públicas tendrían mucho que decir por razón de sus valores patrimoniales, históricos y monumentales y en los que sin embargo la voz de los poderes públicos se muestra sorda y neutra, en el mejor de los casos o abiertamente entonada en sentido contrario a los intereses de nuestra ciudad.

No es el caso extenderme en ese catálogo de despropósitos como los que denuncian nuestros amigos de Madrid, Ciudadanía y Patrimonio pero si de permitirme reproducir los textos y algunas fotos facilitados por Madrid Ciudadanía y Patrimonio pues nunca viene de más distribuir y dar a conocer los trabajos que desarrollan en beneficio de la comunidad. Ojalá en 1974 una imposible organización- en aquellos tiempos remotos de la dictadura- como MCyP hubiera existido para salvar nuestro mercado de Olavide. 

Insisto, por tanto, que los textos y fotos que van a continuación pertenecen o están recogidos por Madrid, Ciudadanía y Patrimonio.

1.  Frontón Beti-Jai. Calle Marqués de Riscal
Construido en 1893‐94, se trata de uno de los edificios de espectáculos deportivos profesionales más antiguos del mundo, y el único ejemplar de frontón “industrial” de esa época conservado en España. Es una obra de extraordinario valor histórico y artístico diseñada por el arquitecto laredano Joaquín Rucoba (autor asimismo del mercado de las Atarazanas y la plaza de toros de la Malagueta en Málaga, y del Ayuntamiento y el Teatro Arriaga en Bilbao), que se conserva casi intacta, pues nunca fue actualizada tras abandonarse la actividad para la que estaba prevista, pudiendo reponerse sin dificultad los escasos elementos dañados o desaparecidos. Declarado B.I.C. en 2011, está pendiente de un interminable proceso de expropiación municipal y sufre un constante deterioro sin que las autoridades ejerciten su potestad para imponer el deber de conservación a los propietarios, ni los suplan mediante la acción sustitutoria.
Más información en:



2.  Palacio de Ustáriz. Mejía de Lequerica, Beneficiencia. Muy cerca de Santa Bárbara.
Es un valioso palacio del siglo XVIII, que conserva extraordinarios interiores, con una gran escalinata de tiro único, rodeada por una galería que da paso a una espléndida enfilade de salones decorados con elegantes yeserías decimonónicas. Hace años se inició un discutible proyecto de ampliación y reforma para convertirlo en hotel, que supuso el derribo del cuerpo de caballerizas hacia la calle de Mejía Lequerica y el recrecido de la fachada para sacar otra planta bajo una nueva cubierta, y que se interrumpió por estar la propiedad implicada en la trama del caso Malaya. Tras sufrir un año de abandono sin tejado y sometido a las inclemencias de la nieve y la lluvia, se realizó la actual cubierta provisional, estando cerrado desde entonces. El jardín, que fue un frondoso vergel, ha sufrido una total degradación y sólo se conservan unos pocos árboles en lamentable estado.



3. Jardines de Pedro de Ribera. Plaza y calle de Barceló.
Los jardines de Pablo Iglesias se trazan en 1927 en la trasera del antiguo Hospicio, cuya crujía delantera, patio y capilla se conservaron para acoger el Museo Municipal, derribándose el resto para crear un inmenso solar donde construir además un nuevo grupo escolar ‐también llamado de Pablo Iglesias‐ obra de los arquitectos Antonio Flórez y Bernardo Giner de los Ríos, que fue inaugurado el 11 de febrero de 1933 por Niceto Alcalá Zamora. En 1932 se instala en los jardines una piscina infantil, y en 1941, tras la Guerra Civil, se traslada a este lugar la Fuente de la Fama, construida hacia 1730 para Antón Martín por el arquitecto Pedro de Ribera, autor asimismo del Hospicio, en cuyo honor se rebautizaron los jardines.
El 30 de junio de 1956 se inaugura tras el colegio el mercado municipal de Barceló, obra del arquitecto José Luis Sanz Magallón que presentaba la singularidad de utilizar un singular ladrillo patentado por el arquitecto Miguel Fisac. Por último, en 1967 se instala aquí el monumento a Mesonero Romanos realizado por el escultor Miguel Blay e inaugurado en 1915 en el Paseo de Recoletos, que sólo dos años después, en 1969, tuvo que ser nuevamente desmontado para permitir la construcción del aparcamiento subterráneo bajo los jardines, siendo reinstalado en 1971. La discutible necesidad de renovación del mercado (que acogerá un centro comercial al modo del cercano de San Antón) con la acertada dotación de un nuevo polideportivo, según proyecto de los arquitectos Fuensanta Nieto y Enrique Sobejano, supuso la necesidad de levantar una instalación provisional para acoger los puestos subsistentes en el antiguo, que se realizó mediante una construcción costosa y espectacular cuyo derribo ahora se cuestiona, amenazando la recuperación de una de las escasas zonas verdes del barrio.
Más información en:



4. Museo Municipal y verja. Calle Fuencarral enfrente del Tribunal de Cuentas.
El antiguo Hospicio de Madrid, obra maestra levantada entre 1720 y 1725 por el gran arquitecto churrigueresco Pedro de Ribera, restaurado por Luis Bellido entre 1924 y 1929 para acoger el nuevo Museo Municipal, y rehabilitado a partir de 2002 por Juan Pablo Rodríguez Frade, permanece cerrado desde el comienzo de las obras en 2005, sin que a día de hoy se anuncie fecha para su reapertura, cuando se trata de una institución clave para conocer y apreciar la historia y el patrimonio madrileño.
Entre tanto se ha “encerrado” su fachada tras una tupida reja que impide valorar precisamente aquello que pretende proteger, pues ya no hay manera de ver toda la fachada en su conjunto.
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5. Corredera de San Pablo 20.
Se trata de un conjunto de edificios construidos entre los siglos XVII y XIX con fachadas a las calles de Corredera Baja de San Pablo, nº 20, y Barco, nº 39, que pasaron entre 1750 y 1765 a pertenecer a la Orden de Malta, cuyo escudo coronado preside la portada hacia la Corredera, siendo conocido popularmente como “el hospitalillo”, quizás en referencia a algún uso sanitario no documentado. Tras la desamortización de bienes eclesiásticos fue reconvertido al uso residencial, contando entre sus habitantes a Ana Ruiz, madre de Antonio Machado, que se mudó a este inmueble en 1909. En 1991 fue adquirido por el Ayuntamiento por su valor histórico‐artístico y para compensar el déficit de dotaciones en el barrio, desalojando progresivamente hasta 2008 a las entidades y particulares que lo ocupaban, para al final ponerlo infructuosamente a la venta al año siguiente. Mientras tanto, el edificio permanece abandonado y degradándose a pesar de sus valores como muestra extraordinaria de una tipología original del siglo XVII de la que ya quedan escasos ejemplos en la capital; sin que el consistorio atienda a la propuesta efectuada por un colectivo de ciudadanos y profesionales para restaurar el conjunto mediante un proyecto de autogestión que lo pondría al servicio público.
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6. Cine Capitol. Gran Vía.
El edificio Carrión o Capitol, como es comúnmente llamado, fue construido por los arquitectos Luis Martínez‐Feduchi y Vicente Eced entre 1931 y 1933, siendo inmediatamente reconocido como una obra maestra absoluta de la arquitectura moderna madrileña, a caballo entre el racionalismo expresionista de raíz germánica y el Art Déco, por lo que ya en 1934 mereció una medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes a pesar de su novedad estilística frente al academicismo todavía imperante, colocándose en diciembre una placa en honor de Enrique Carrión por “haber dotado a Madrid del soberbio edificio de su nombre”. Sin embargo, con los años su hermosa fachada quedó completamente desfigurada tras una maraña de rótulos de neón que aprovechaban su ventajosa posición en proa dominando la Gran Vía, y de la que sólo se liberó en tiempos recientes. Paradójicamente, esta invasión publicitaria amenaza nuevamente al edificio (aunque ahora mediante pantallas luminosas de LED’s), pues el Ayuntamiento es favorable a permitir su instalación, mientras que la Dirección General de Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid retrasa indefinidamente el proceso para su incoación como Bien de Interés Cultural, que fue solicitado por el COAM (Colegio de Arquitectos de Madrid).
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7. Plaza de Callao
Al igual que el vecino edificio Capitol, la plaza del Callao se ve amenazada por la autorización para instalar pantallas luminosas en los edificios de la FNAC y El Corte Inglés, obras respectivas de los prestigiosos arquitectos Luis Gutiérrez Soto, y Luis Iglesias y Antonio Perpiñá con la colaboración de Javier Feduchi para la decoración interior, y que vendrían a sumarse a las ya instaladas en el vecino Cine Callao, obra maestra Art Déco muy maltratada, también de Gutiérrez Soto. Estas pantallas no sólo degradan la imagen arquitectónica de la ciudad, sino que coartan el derecho de los ciudadanos a disfrutar libremente del espacio público, pues con su continuo movimiento atraen su atención incluso contra su voluntad, pudiendo incluirse dentro de la creciente tendencia a privatizar lo que es de todos, en este caso un paisaje urbano de carácter histórico.
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8. Palacio de la Música. Gran Vía.
El Palacio de la Música fue construido entre 1924 y 1928 por el arquitecto Secundino Zuazo como sala para espectáculos, principalmente musicales como su nombre indica; siendo desde su inauguración unánimemente alabado por crítica y público por sus valores artísticos y arquitectónicos. Reformado tras un incendio, terminó siendo dedicado casi exclusivamente a proyecciones cinematográficas, por lo que fue muy bien acogida la propuesta de Cajamadrid de comprarlo para recuperar su uso original como sala de conciertos, dada la carencia de instalaciones de este tipo que presenta nuestra ciudad. Sin embargo, la escandalosa crisis hipotecaria y bancaria amenaza este objetivo, pues Bankia (la antigua Cajamadrid) ha decidido poner a la venta el edificio, que podría terminar acogiendo la tienda insignia de alguna conocida marca de moda, en total disonancia con la tipología del inmueble, que por su traza sólo debería admitir su uso para espectáculos, y con su inicial destino cultural. A instancias del ciudadano Fran Hernández y con el apoyo de varias entidades culturales entre las que se encuentra Madrid, Ciudadanía y Patrimonio se ha solicitado la incoación BIC del inmueble sin que hasta el momento haya habido ninguna respuesta de la Dirección General de Patrimonio, en tanto que el Ayuntamiento ha dado su aprobación para sustituir el uso cultural por el comercial, lo que supone una amenaza de destrucción de esta magnífica sala.
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9. Operación Canalejas.
Se trata de un conjunto de siete edificios enclavados entre las calles de Alcalá, Sevilla, plaza de Canalejas y Carrera de San Jerónimo, amenazados por un proyecto de transformación que pretende unificarlos en un único inmueble de uso comercial y hotelero. Cronológicamente, el primero fue levantado entre 1887 y 1891 por la aseguradora norteamericana Equitable como sede de su filial La Equitativa, combinando oficinas, comercio y viviendas según un proyecto del arquitecto catalán José Grases (condiscípulo de Gaudí y autor de hitos de la arquitectura madrileña como el modernista palacio Longoria ‐hoy sede de la SGAE‐ o el monumento a Alfonso XII en el Retiro), que supo aprovechar su espectacular posición en proa entre las calles de Sevilla y Alcalá para crear una obra emblemática, tanto por su traza como por su calidad constructiva y material. Entre 1920 y 1922 fue remodelado por el arquitecto Joaquín Saldaña (máximo representante de la arquitectura aristocrática del reinado de Alfonso XIII, con obras tan singulares como el palacio de la condesa de Adanero de la calle de Santa Engracia), para convertirlo en sede del Banco Español de Crédito, eliminando los locales comerciales y aquellos elementos decorativos característicos de la anterior empresa propietaria. Veinte años más tarde, entre 1942 y 1945, fue remodelado por los arquitectos Javier Barroso y Fernando Cánovas del Castillo, que diseñaron un magnífico patio de operaciones rodeado de lesenas de mármol con capiteles corintios broncíneos y cerrado por una gran vidriera de Maumejean, y diez años después, entre 1954 y 1955, desmontaron el piso de ático y la torreta de la esquina para interpolar respetuosamente una nueva planta sin desfigurar el suntuoso alzado original.
A este edificio siguió la construcción del Banco Hispano Americano entre la carrera de San Jerónimo y la calle de Sevilla, realizada entre 1902 y 1905 por el arquitecto Eduardo Adaro (autor del Banco de España) combinando la sede bancaria en planta baja con el uso residencial en las plantas superiores. El edificio resultante presenta una gran fachada cóncava de desarrollo longitudinal hacia la plaza de Canalejas caraterizada por la extraordinaria riqueza de los oficios decorativos, como rejería o cantería, en la que colaboró el gran escultor José Alcoverro (autor de las estatuas sedentes de Alfonso X y San Isidoro en la escalinata de la Biblioteca Nacional), que aportó además las figuras de El Cálculo y La Economía que flanquean la puerta principal. Entre 1940 y 1944 el edificio fue ampliado por el prestigioso arquitecto bilbaíno Manuel Galíndez (especialista en arquitectura bancaria español y autor de la cercana sede Art Déco del Banco de Vizcaya en la calle de Alcalá), que no dudó en repetir a lo largo de la carrera de San Jerónimo el esquema compositivo ideado por Adaro, aunque en el interior implantó un soberbio patio de operaciones de doble altura, con pilastras marmóreas y capiteles corintios cerrado por una gran montera de vidrio. Sucesivas ampliaciones de este edificio implicaron la absorción en 1942 del antiguo Banco Sainz de la calle de Alcalá nº 12, un inmueble de 1885 que fue demolido para sustituirlo por la edificación actual, y al año siguiente del antiguo Credit Lyonnais del nº 8 de la misma calle con fachada a la carrera de San Jerónimo nº 7, construido por José Urioste entre 1904 y 1907, y remodelado para adaptarlo a su nuevo uso, creando un conjunto de enorme complejidad en su distribución que todavía se extendió con un nuevo edificio hasta el vecino nº 6.
A estas edificaciones hay que sumar además la antigua sede del Banco Zaragozano, diseñado en 1936 por el arquitecto Roberto J. Ochoa y terminado en 1943, que contiene las mejores rejerías exteriores e interiores Art‐Déco de Madrid, un friso escultórico del reputado escultor catalán Federico Marés en la fachada, y un magnífico techo‐vidriera del mismo estilo Art‐Déco cerrando su patio de operaciones.
La voluntad del Banco Santander (dueño final del conjunto tras la absorción de las diversas entidades que lo ocupaban) de obtener la máxima rentabilidad de su propiedad amenaza seriamente sus valores históricos y artísticos, pues ha obligado a retirar la declaración de Bien de Interés Cultural (BIC) que protegía el Banco Hispano Americano desde 1999, para otorgársela nuevamente reducida sólo a la fachada y algunos elementos de la primera crujía, de modo que pueda destruirse el soberbio patio de operaciones de Galíndez. Igualmente se ha reducido a la primera crujía la protección prevista en la incoación como BIC de La Equitativa; al tiempo que se modificaba el Plan General de Ordenación Urbana para permitir la agregación de parcelas (que estaba expresamente prohibida para evitar que se desvirtuase la interpretación arquitectónica individual de los edificios históricos), hay que sumar la presentación en los medios de un proyecto de conversión del conjunto en centro comercial y hotelero promovido por OHL (Villar Mir) y diseñado por el estudio Lamela, que pretende recrecer los edificios con hasta tres plantas de altura y modificar las fachadas (a pesar de la declaración BIC) mediante la retirada y traslado de rejas, la instalación de marquesinas, y la apertura de tiendas con sus correspondientes rótulos publicitarios; culminando así un expolio patrimonial expresamente penado en la Constitución.
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10. Puerta del Sol
La Puerta del Sol es el resultado de un larguísimo proceso constructivo que transformó un ensanche de arrabal, donde confluían las calles Mayor y Arenal en la puerta de muralla así nombrada, en el centro neurálgico de la capital; culminado entre 1857 y 1862 con la disposición semicircular actual que todos conocemos, que presenta la singularidad de ofrecer una imagen unificada a pesar de que los edificios
que la configuran fueron realizados por distintos promotores y arquitectos. Como corresponde a este prestigioso modelo, se diseñó con una gran sobriedad de mobiliario urbano, limitado a las farolas y la gran fuente decorativa central, pero prescindiendo de los árboles al modo en que lo hacen otras plazas europeas, desde la parisina Place Vendôme, a la romana Piazza Navona, o la mismísima de San Pedro, dominadas por su carácter arquitectónico. Por desgracia, con el tiempo este gran “salón” urbano fue desfigurado por la proliferación de instalaciones como salidas de metro, paradas de autobús, cabinas y quioscos, además de un creciente tráfico que obligó a ejecutar en 1950 una nueva ordenación con una isleta central con dos fuentes, y en 1986 una segunda que inició el proceso de su peatonalización definitiva, ampliada sucesivamente con el cierre completo al tráfico de las calles Montera y Arenal y el parcial de la de Alcalá. Como resultado fue nuevamente remodelada hace sólo cuatro años, por lo que resulta incomprensible que un Ayuntamiento endeudado, que tiene dificultades incluso para sufragar los servicios públicos imprescindibles, propicie una nueva reforma bajo el paraguas de un concurso de ideas promovido por el COAM, que parece únicamente esconder otra propuesta para privatizar un espacio público emblemático mediante la instalación de terrazas y chiringuitos turísticos.
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11. Teatro de la Comedia. Calle Príncipe.
El Teatro de la Comedia fue proyectado en 1875 por el arquitecto Ortiz de Villajos (autor del Teatro María Guerrero y del antiguo Circo Price) en el interior de un  inmueble de viviendas, por lo que su apariencia externa apenas denota la existencia de un edificio singular, aunque su interior destaca por la novedad de usar ligeros antepechos de fundición en palcos y graderíos, así como por su profusa decoración colorista de estilo neo‐árabe. En 1915, tras un incendio, el arquitecto municipal Luis Bellido reconstruyó en seis meses el interior respetando su decoración y configuración originales. Por su importancia arquitectónica está catalogado con la máxima protección, como Singular, en el Plan General de Ordenación Urbana de Madrid. En 2010 comenzaron las obras de rehabilitación y restauración con proyecto de A&N Araujo y Nadal arquitectos, que están a punto de culminar, pues ya se está reponiendo el lienzo de techo cuidadosamente restaurado en los Talleres Granda, pues según la licencia municipal concedida se deberán reponer todos los elementos decorativos que fue necesario desmontar para posibilitar los trabajos. Sin embargo, en este momento y dado el tiempo transcurrido no parece que las obras vayan a buen ritmo por la escasa dotación económica. Por ello causa sorpresa la convocatoria del concurso publicado en el BOE el pasado día 22 de octubre para “motorización y arrolladores de escenario” por importe de 2.500.000 €. ¿No es más importante completar la restauración de un edificio protegido que invertir esta enorme cantidad de dinero público en los accesorios de un teatro inacabado? Solicitada visita al INAEM con motivo de estas Jornadas no nos ha sido facilitada al estar el teatro en obras, pero según nos informa ese organismo, está previsto que la restauración finalice en junio de 2014.
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12. Museo Ambasz. Paseo del Prado.
Se trata de una desvergonzada propuesta realizada por el arquitecto argentino Emilio Ambasz, que ha pedido al Ayuntamiento de Madrid que le ceda un correctísimo edificio de los años cuarenta del pasado siglo en el Paseo del Prado y casi enfrente de el Museo homónimo, para que él pueda derribarlo y levantar allí a su costa (¡faltaría más!) “su” propio museo de la Arquitectura (cuyos fondos nos son desconocidos, pero que imaginamos serán las propias obras del promotor, que hace poco también expuso pagando de su propio bolsillo exposición y montaje, en el Museo Centro de Arte Reina Sofía). Sorprende que esta propuesta, que incide una vez más en la cesión a particulares de edificios y espacios públicos, haya sido bien recibida por una corporación municipal que mantiene cerrado desde hace años el antiguo Museo Municipal (actual Museo de Historia) con sus valiosísimos fondos de planos y vistas de la arquitectura madrileña.



13. Teatro Calderón. Plaza Jacinto Benavente.
El teatro Calderón fue construido entre 1915 y 1917 por el arquitecto Eduardo Sánchez Eznarriaga (especialista en esta tipología) como teatro Odeón, destacando por su atrevida disposición en diagonal (que sacaba el máximo provecho a un difícil solar romboidal entre la plaza de Benavente y la futura calle del Doctor Cortezo) y el uso pionero del hormigón armado en su estructura, así como por sus modernas instalaciones y su suntuosa decoración; por lo que mereció ganar uno de los tres premios concedidos por el Ayuntamiento de Madrid a los mejores edificios terminados en 1917. Al año siguiente pasó a manos del Centro de Hijos de Madrid, que lo rebautizó como teatro del Centro, obteniendo su actual denominación de teatro Calderón tras un nuevo cambio de propiedad en 1927. Sin embargo, a pesar de su valía arquitectónica y su ya larga historia, en la actualidad presenta un aspecto lamentable, habiendo perdido muchos de los elementos decorativos originales, como la escultura que coronaba la fachada a la plaza de Benavente, casi toda la ornamentación del torreón de esquina o la balaustrada perimetral del balcón del piso principal, desmontada a raíz de un trágico desprendimiento en 1999, sin que las administraciones ni la propiedad muestren el menor interés por recuperar en su integridad el aspecto original de esta joya arquitectónica.



14. El Imparcial. Calle Duque de Alba
La sede del periódico El Imparcial fue levantada entre 1911 y 1913 por el arquitecto Daniel Zavala para sustituir otra inaugurada pocos años antes ‐en 1889‐ en la calle de Mesonero Romanos, que tuvo que demolerse con motivo de las obras de apertura de la Gran Vía. El nuevo edificio en la calle del Duque de Alba contaba con una parte de oficinas y representativa hacia la calle y amplios talleres para las rotativas en un patio cubierto interior, que en 1933, tras el cierre definitivo del periódico, fue remodelado para acoger una sala de cine, conservando los muros perimetrales y la volumetría original.
En la actualidad se ha presentado una solicitud para demoler esta sala cinematográfica y sustituirla por un inmueble de cuatro alturas y uso terciario, lo que supondría una nueva merma en el número de espacios culturales de nuestra ciudad y una inevitable afección a su patrimonio histórico pues no sólo se vería afectada la imagen del propio inmueble (catalogado con nivel 1 de protección, grado Integral), sino de otros colindantes, como la Casa de la Duquesa de Sueca.



15. Casa de la Duquesa de Sueca
Este edificio es la única obra conocida del arquitecto neoclásico Antonio de Abajo (discípulo y colaborador habitual de Juan de Villanueva), y fue construido en 1791 como escuela para “los hijos de los criados de S.M” en los terrenos de los Reales Estudios de San Isidro (antes Colegio Imperial de los jesuitas y luego Instituto de San Isidro), pasando posteriormente a propiedad de los Duques de Sueca que le han dado su nombre popular; aunque ya en 1836 recuperó su uso docente, primero como “Escuela normal de enseñanza mutua” y luego como “Colegio de Humanidades de Francisco Serra” hasta 1857; acogiendo desde 1859 y hasta más allá de 1900 el primer cuartel madrileño de la Guardia Civil. Reconvertido en inmueble residencial, su mal estado de conservación unido a su gran valor histórico‐artístico propiciaron su expropiación por el Ayuntamiento en 1998 –hace ya quince años‐, sin que desde entonces se hayan ejecutado las imprescindibles obras de rehabilitación que garanticen su integridad constructiva, más allá del apeo y apuntalado de muros y forjados. Como resultado, este mismo año se inició un expediente de ruina para permitir el derribo de algunas partes del inmueble a pesar de contar con protección Integral en el PGOUM; habiendo sido paralizados los trabajos por orden judicial.
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16. Campo de la Cebada
El Campo de la Cebada ocupa el solar del antiguo polideportivo municipal de La Latina, obra de 1968 del arquitecto Antonio García de Arangoa, que fue precipitadamente demolido en 2009 para dejar paso a unas instalaciones nuevas que nunca llegaron a construirse. Ante la situación sobrevenida el Ayuntamiento ha optado por integrar la nueva dotación dentro de un nuevo y enorme centro comercial cuya construcción exige demoler el vecino mercado de la Cebada, levantado entre 1959 y 1962 por el arquitecto José Mª Martínez Cubells con el propio Arangoa para sustituir al magnífico mercado de hierro construido entre 1868 y 1875 ocupando la plaza de la Cebada, un gran espacio público abierto de origen medieval, que de realizarse la propuesta municipal pasaría a ser definitivamente privatizado, al igual que los mercados de San Antón o Barceló, pero con la diferencia de que éstos se levantaron sobre solares urbanos y no en plazas públicas. A esta operación se oponen diversos colectivos y grupos vecinales que no entienden la necesidad de demoler una infraestructura todavía en buen estado ‐y de gran interés constructivo gracias a sus bóvedas baídas de hormigón pretensado‐ y que puede remodelarse para adaptarla a los nuevos tiempos, ya sea con su uso actual o atendiendo a otras necesidades. Pues si el modelo de los mercados de abastos municipales ha quedado obsoleto –según el Ayuntamiento‐ ante la competencia de las grandes superficies hasta el punto de que muchos están abocados al cierre por falta de demanda, ¿qué sentido tiene construir sobre un espacio público un centro comercial que ya no es necesario, puesto que los vecinos se abastecen en los ya existentes en el barrio y por eso han dejado de acudir al mercado? ¿No sería más lógico en este caso rehabilitarlo para acoger el uso deportivo desaparecido, incluso combinado con una galería comercial de pequeños puestos adaptada a la reducida demanda actual? En cualquier caso, no deja de resultar un derroche económico en tiempos de penuria, y una agresión medioambiental innecesaria, el derribo de edificios aprovechables y con interés arquitectónico para sustituirlos por otros a la moda, pero que con el tiempo también caerán en la obsolescencia; sin que tampoco se entienda el interés municipal por promover centros comerciales privados en edificios y solares públicos y fuera de las leyes del mercado, en lugar de atender a las necesidades culturales, educativas, o sanitarias que sí son de su incumbencia.
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17. Vistillas. La Cornisa
Los jardines del Seminario Conciliar, donde la Iglesia pretende construir con la connivencia municipal un conjunto de equipamientos que ha sido bautizado popularmente como el “minivaticano”, son quizás los más antiguos de Madrid junto con los de la cercana Casa de Campo, pues ya en 1563 están documentados como propiedad de la princesa de Melito, formando desde entonces parte indisociable de la cornisa urbana que define el paisaje madrileño desde el Oeste. Sin embargo, su máximo esplendor sólo lo alcanzaron a finales del siglo XVIII y primera mitad del XIX, cuando se convierten en el primer jardín de estilo paisajista de la capital, trasunto urbano de la finca que sus propietarios de entonces, los Duques de Osuna, poseían cerca del pueblo de Barajas, conocida como El Capricho o La Alameda de Osuna; presentando ambos innumerables similitudes en trazas, edificaciones, materiales y plantaciones. Además, el cierre perimetral de la finca, situada en el borde mismo del casco urbano, constituye el tramo más antiguo, extenso y mejor conservado de la Real Cerca de Felipe IV que circundaba la Villa y Corte, contando con la más elevada protección legal, que comparte con edificios vecinos como la capilla de la Venerable Orden Tercera, el templo de San Francisco el Grande (cuyo convento yace arruinado y sin excavar bajo una dalieda creada apresuradamente para favorecer la operación eclesiástica), o el propio Seminario. Hace dos años se pidió la declaración BIC del jardín del Seminario y su entorno, sin que se haya iniciado la menor acción en ese sentido por la Dirección General de Patrimonio Histórico, alegando que el Plan para construir sobre el jardín está pendiente de la sentencia del Tribunal Supremo sobre un recurso de casación interpuesto por el Arzobispado y el Ayuntamiento contra el fallo del Tribunal Superior de Justicia de Madrid, que declaró por dos veces ilegal el Plan ante dos demandas presentadas por la Asociación de Amigos de la Cornisa Vistillas y por el PSOE de Madrid.
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18. Puerta del Rio. Casa de Campo.
Con la atolondrada operación de soterramiento y mejora del tráfico rodado enmascarada bajo el nombre de Madrid Río se produjo una grave afección a los límites de la Casa de Campo, pues la nueva vía subterránea modificó por completo –realzándola‐ la cota del terreno que bordea el antiguo cazadero real. Como consecuencia quedó a un nivel inferior la antigua puerta de entrada a la posesión desde el puente del Rey, proyectada para José I Bonaparte por el gran arquitecto neoclásico Juan de Villanueva (autor del Museo del Prado y el Oratorio del Caballero de Gracia) dentro de un ambicioso esquema que conectaba este parque con el Campo del Moro mediante un túnel bajo el paseo de la Virgen del Puerto, que se prolongaba por un puente privado sobre el lavadero de la Reina (obra también de Villanueva) y el río Manzanares; y que fue definitivamente llevado a la práctica por su discípulo Isidro González Velázquez (autor del Obelisco del Dos de Mayo en el Paseo del Prado). Para resolver la situación, se autorizó en 2009 el traslado y la modificación de la antigua puerta, que en 1934 había sido ampliada hacia el Sur –triplicándola‐ por el arquitecto Manuel Álvarez Naya para permitir el acceso a la antigua posesión real tras ser cedida en 1931 al pueblo de Madrid por la Segunda República, y que en 1948 había incorporado a ambos lados los pilonos que antaño sostenían la reja de cierre del puente. De este modo se modificó completamente el trazado original, pues sólo se conservaron las pilastras del antiguo cierre, pero desplazándolas para colocarlas formando un absurdo semicírculo en el extremo del puente, perdiendo en el proceso las magníficas rejas de forja (incluida la decimonónica original de González Velázquez), las curiosas farolas republicanas (idénticas a las fernandinas pero rematadas por corona almenada en vez de real), e incluso los pilonos cilíndricos antes citados, que yacen olvidados en los talleres municipales de cantería. Además hay que reseñar el abandono en que yace la propia casa que dio nombre al lugar, y que es el antiguo palacete renacentista comprado a los Vargas por Felipe II, reformado por el arquitecto italiano Francisco Sabatini (autor de la Puerta de Alcalá) para Carlos III, sin que tampoco prospere la definitiva restauración de las vecinas grutas (únicas en nuestro país) emprendida en 1996, ni la del hermoso jardín del Reservado, propuesta desde 1990.
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